Por: Aura Lucía Mera

Viva el trópico

EUREKA POR EL JAQUE-MATE A LAS mismas mandíbulas de las Farc. Por primera vez todos los colombianos  hemos sentido al unísono la embriaguez de la emoción, derramado lagrimones salados de alegría, aplaudido desde el corazón esta hazaña heroica del operativo de Inteligencia más inteligente de la  historia universal contemporánea. Los millones de seres que habitamos esta patria singular y única, hemos vibrado en el mismo tono, cantado la misma melodía, gritado con una misma voz.

Jamás me había sentido tan colombiana, tan orgullosa de pertenecer  a este pedazo de tierra incrustada en el trópico, en la que las emociones se gritan, los abrazos se prodigan, las lágrimas estallan, las carcajadas retumban. Esta tierra tropical donde sentir es mucho más importante que existir. Tierra de sudores y perfumes apelotonados, tierra de amores y odios, visceral y amorosa, contradictoria, indescifrable y única.

Este sentimiento se disparó como una bala de cañón al ver la frialdad, la asepsia, la neutralidad, la lejanía emocional y el protocolo inhumano con que fueron recibidos los tres norteamericanos después de años de estar cautivos en la selva, sufriendo toda suerte de vejaciones, en una patria ajena, pagando culpas que no tenían por qué pagar. Sentí una corriente de hielo en las venas al mirar esa rueda de prensa texana, improvisada en un hospital clavado en medio del desierto, mientras los tres hombres recién liberados permanecían de nuevo incomunicados, me imagino que conectados a agujas de suero, monitoreados por electrodos, sin derecho a abrazos, miradas cálidas, apretones fuertes, lágrimas ni risas. Como si fueran robots de laboratorio (por no decir ratas), su propia patria los apartó de la vida en aras a protocolos inventados para la despersonalización y la carencia de afecto. Fueron fichas de trabajo cuando cayeron en territorio hostil. Terminaron siendo fichas de investigación aséptica en cuartos aislados “especializados en enfermedades tropicales” y “sicólogos” de turno.

Que viva el trópico. Que viva nuestra Colombia descuadernada, donde primero van los abrazos y el llanto, los cabellos al viento, las manos oliendo a selva, las mascotas colgadas en los hombros, las camisetas gastadas, las botas remendadas, los ojos inyectados de estupor y felicidad. Que viva esta patria repleta de emociones, pasiones, abrazos, carcajadas, violencia y ternura. Colombia vibrante y sonora, carnal, irracional, amorosa y creativa. Tierra tropical en la que un abrazo vale más que un cuarto de hospital, en la que la familia es el motor, tierra pasional unida en estos momentos en la alegría de recibir libres a varios de nuestros hermanos y en la admiración y gratitud a los héroes que hicieron posible esta misión.

Como posdata a las Farc, y a los dos forajidos amarrados y encuartelados, simplemente, que “a todo marrano le llega su Sanmartín”. Contrasta observar sus ojos cobardes y abotagados de odio, con las miradas claras de Íngrid y sus compañeros de cautiverio. La sordidez de sus cabezas bajas, con la elegancia espiritual de esta mujer que nos acaba de dar una lección de dignidad al mundo entero. Esos labios cerrados de cobardía y terror, con las declaraciones frenteras y claras de los generales responsables de esta indescriptible misión.

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