Por: Héctor Abad Faciolince

¡Viva la revaluación!

HAY UN REFRÁN MUY SABIO: “CADA UNO habla de la feria como le va en ella”. Para que no crean que voy a defender la revaluación porque me conviene, quiero empezar aclarando que me perjudica.

De hecho, cuando voy a un hotel y tengo que llenar el formulario para que me den la llave, en el renglón que dice “profesión” pongo siempre: exportador. La palabra “escritor” me parece pedante, así que prefiero referirme al hecho de que a veces los editores llevan o traducen mis libros en otra parte, con lo cual me convierto en exportador de palabras. Si me pagan regalías, o si hago un contrato de edición en cualquier país del mundo, Colombia incluido, lo que me van a dar está en dólares. Así que cuanto más baje el dólar, menos pesos recibo yo.

Pero voy a hablar bien de la feria, aunque me vaya mal en ella. ¿Por qué? Por una constatación elemental, de puro sentido común: la inmensa mayoría de los colombianos que tienen la suerte de ganar algo, así sea un salario mínimo, se lo ganan en pesos. Esto quiere decir que si el peso pierde valor frente a las otras monedas, la gente está ganando menos; y si en cambio el peso se revalúa, la gente está ganando más. Si sus pesos valen más, el empleado puede comprarse una chocolatina suiza, o tomarse un vaso de vino tinto español; si gana menos, a duras penas puede tomarse un tinto colombiano, o un trago de aguardiente, y comerse una chocolatina Jet.

Toda la vida oí que la gente se quejaba porque el peso ya no valía nada. Iba uno a Venezuela y lo humillaban, porque frente al bolívar uno no podía comprar nada con pesos. Si ahora va uno con pesos a Venezuela, por lo menos yo que compro libros, me los quisiera comprar todos, porque me parece que los están regalando. Lo mismo pasa con un apartamento, si uno tiene la suerte de tener un apartamento. Cuando me invitan a otro país, paro siempre en las vitrinas de las inmobiliarias y hago cuentas. A veces es espantoso: si tengo un apartamento de cien metros cuadrados en Medellín, y voy a Londres, veo que lo que ahí podría comprar si vendiera mi apartamento en las montañas, me alcanzaría más o menos para comprar dos metros cuadrados allá: una tumba. Si hay revaluación, como ahora, puedo empezar a pensar que podría comprarme en Inglaterra un espacio donde al menos ya no quepa sólo un ataúd, sino incluso una cama sencilla.

La junta del Banco de la República subió anteayer la tasa de interés un cuarto de punto. Para mí eso es casi un jeroglífico. Pero veo que hay un montón de gente (muy rica por lo general) que pone el grito en el cielo porque así el peso se va a revaluar aún más. Claro, los que protestan, es porque ganan en dólares. Cada uno habla de la feria según como le va en ella. Pero los que ganan en pesos, y los que tienen cosas que se venden en pesos –la inmensa mayoría– están un poco menos pobres hoy que anteayer. Además, si los extranjeros quieren venir a comprarnos las fábricas, las minas, las tierras, el agua, les van a salir más caritos. Menos mal. Porque eso de que venga un inglés que vendió su tumba en Londres y nos tumbe aquí un apartamento de cien metros por la misma plata, da mucha rabia.

Que las flores, que el café. A los señores de las flores ya les están dando subsidios descomunales, que ellos no le dieron al Estado cuando estaban ganando plata a costalados en los días en que el peso no valía nada. Y en cuanto al café, nadie va a dejar de tomar café aunque salga más caro, así que poco a poco le pueden subir el precio. Pero no podemos vivir consternados por los señores de las flores, pues hay otros señores que están trayendo maquinaria, computadores, y los pueden comprar porque les salen más baratos.

Cuando el peso iba a llegar a los tres mil dólares, los trabajadores de salario mínimo se ganaban cien dólares al mes. Ahora que ronda los mil setecientos, se están ganando más de doscientos al mes. Y los del salario mínimo son la inmensa mayoría de los asalariados. Si a la revaluación no se la come la inflación, la gente puede comprar más cosas con lo mismo que ganaba antes. Pero las flores, me dirán, y los obreros de las flores, y los aviones de flores del día de San Valentín. Hombre, pues que cultiven flores más bonitas, de una belleza tan irresistible, que los que compran flores no puedan dejar de comprarlas, así les cuesten tres dólares más. Es lo que tiene que hacer cualquier exportador. Si un escritor quiere exportar libros no lo va a lograr porque los venda baratos, sino porque dicen algo que no tienen los de allá.

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