Por: Santiago Montenegro

Viva Montaigne

CON OCASIÓN DEL DÍA DEL EDUCADOR, Jorge Orlando Melo dictó una gran conferencia sobre Michel de Montaigne el 15 de mayo pasado en Medellín, cuyo texto sirve también de prólogo al libro Dos ensayos sobre la educación, del escritor de Burdeos, que Melo tradujo del francés y publicó la Universidad de Eafit.

Coincide, además, esta publicación con la llegada a Colombia, un par de meses antes, de la magnífica edición de los Ensayos, de Acantilado, para muchos la mejor hasta ahora publicada en castellano. El momento es, entonces, propicio para resaltar la relevancia de Montaigne para nuestra época y circunstancia.

Montaigne escribió sus Ensayos durante la segunda mitad del siglo XVI, cuando las verdades y certezas basadas en las leyes divinas, las escrituras, la religión católica y el poder de los reyes comenzaron a ser cuestionadas y desplazadas por las nuevas certezas de Lutero y las emergentes iglesias protestantes. 

Pero, al mismo tiempo, las iglesias religiosas, la católica y las protestantes, comenzaron a ser cuestionadas y desplazadas por las emergentes iglesias seculares de los nuevos filósofos y científicos que proclamaban otras certezas y verdades basadas en la observación de la naturaleza, en la libertad del individuo, en la expansión del comercio, en los descubrimientos geográficos y en los avances dramáticos de la física, la química y las matemáticas. Todas esas iglesias, las viejas y las nuevas, proclamaban darle sentido, orden y solución definitiva a los problemas del mundo. En palabras de Isaiah Berlin, hasta la llegada del romanticismo, todas ellas compartían la creencia de que “la verdad es única y el error es múltiple”.

Montaigne desconfió de unas y de otras; de las viejas y de las nuevas iglesias. Al observar con horror y repugnancia las torturas, los asesinatos, la carne quemada de católicos y hugonotes sacrificados en las hogueras a nombre de supuestas verdades eternas, rechazó para siempre filosofías, escuelas y visiones que proclamen soluciones definitivas a los males del mundo. En la naturaleza humana, tanto en la de los poderosos como en la de los humildes —y en él mismo— Montaigne constató sólo imperfecciones, flaquezas y debilidades. Por ello, contra la arbitrariedad y el dogma argumentó la tolerancia; contra el pensamiento único de su tiempo luchó por la diversidad; contra el comportamiento ciego de la tribu y la manada, defendió la autonomía y privacidad del individuo; contra el dogma, la crítica.  En este sentido, no es un antecesor ni del racionalismo, ni del idealismo, ni del empirismo, ni de la Ilustración, ni aun del romanticismo. Montaigne se los saltó a todos. Fue un escéptico. Un antecesor de nuestra época.

De una concepción que ha llegado a aceptar que jamás podremos encontrar soluciones únicas y definitivas a los problemas de la sociedad y del mundo, aunque sí podemos encontrar soluciones parciales y graduales. Que no podremos jamás maximizar la felicidad, el bien, la justicia o la sabiduría, sino minimizar la infelicidad, el mal, la injusticia y la ignorancia.   Así se creó, por ejemplo, la democracia liberal, que está basada en la noción de que no podremos contar siempre con gobiernos sabios e ilustrados, sino estar preparados a la inevitabilidad de tener también gobiernos incompetentes y mediocres. Por ello, el poder debe estar fragmentado, disperso, limitado en el tiempo y en el espacio.

Quien desee una introducción al pensamiento de Montaigne con especial referencia a la educación, debe leer el excelente texto de Jorge Orlando Melo. Quien, además de su pensamiento, quiera una introducción biográfica e histórica, el ensayo de Stefan Zweig no tiene sustituto. Pero, por supuesto, nada reemplaza al texto mismo de los Ensayos.

 

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