Por: Ana Milena Muñoz de Gaviria

Vivir dignamente es también morir dignamente

El día de antier la Comisión Primera del Senado aprobó un proyecto de ley que reglamenta la eutanasia en nuestro país, de acuerdo a la sentencia de la Corte Constitucional de 1997 que planteó que el derecho a vivir de forma digna también incluye el de morir dignamente.

La discusión comienza y es compleja, y comprende temas éticos y religiosos, además de legales y constitucionales.

El derecho y el respeto a la vida no tienen discusión. Y como cristiana creo en unos valores que guían a la sociedad, y en ese marco creo en el derecho a una vida digna ante la enfermedad. Es así como bajo ciertas circunstancias y en casos extremos (definidos por ley), una muerte digna debe ser un derecho que cada uno podrá ejercer y que permitirá una muerte asistida en casos de enfermedades terminales en los que la ciencia no tiene cura o enfermedades que presentan un intenso dolor y continuados padecimientos o una condición de gran dependencia y minusvalía a causa de enfermedad terminal o grave lesión corporal. Y para ejercer este derecho el proyecto comprende un procedimiento de tres evaluaciones médicas y la voluntad oral o escrita del paciente y, en casos de inconsciencia, de sus familiares.

El argumento religioso es válido para los que creen, pero para los que no, ese no es argumento y quedan el legal y constitucional. La Corte Constitucional la avaló y queda el derecho a morir dignamente y a tener la libertad de decidir y a tener opciones que bien cada uno por sus creencias o ante el sufrimiento tome. Muchas veces la familia sufre física, mental y económicamente, como es el caso de pacientes con muerte cerebral y estado vegetativo o de aquellos que carecen de medios económicos, y de seguro y ante una enfermedad terminal larga, se deja morir al enfermo con sufrimientos inhumanos ya que no hay opción.

Es así como el tema también trasciende a la salud pública, ya que en el debate se plantearon abusos y casos en los que algunas EPS alargan la vida del paciente terminal para contratar y cobrar por sus servicios, y con esos recursos se podría atender a otros. Esto no es fundamental en la decisión, pero debe tenerse en cuenta.

Los que se oponen al proyecto aceptan la eutanasia pasiva, que sería no recibir ninguna ayuda para vivir; es el caso de la desconexión del paciente de las máquinas. Se llega entonces a la muerte por omisión: nadie hace nada. La vida era una vida superficial dada por las máquinas. Y por otro lado, hay rechazo total a la eutanasia activa que es la muerte asistida por un médico. Es así como se acepta la omisión y no la acción, y es igual en términos éticos, pero el debate debe ir más allá.

No se trata de ninguna manera de que esto sea una excusa para terminar con la vida de aquellos que no lo necesitan, pero lo que sí es importante es tener una opción para aquellos que lo necesitan. Es complejo, pero creo que debe primar ese derecho a vivir y a morir dignamente y, de igual manera, tener la libertad de decidir.

Arranca así un importante debate que se debe dar.

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