Por: Juan Carlos Ortiz

Vivo o muerto

Cada vez que una persona conocida muere, aparecen consigo los rituales cargados de protocolo donde las conversaciones sociales con los parientes, los amigos y los conocidos se convierten en un reto a la gramática, a la prudencia y a la precisión de las palabras.

Quién no ha llegado a un velorio y ha saludado a la persona afligida con un:

-Hola cómo estás?

Y arrepentirse de immediato por lo dicho.

O despedirse con un:

-Hasta luego que te vaya muy bien

Y volverse a equivocar nuevamente.

No hay momento más difícil y complejo que un funeral para saber qué decir, cómo decirlo o cuándo decirlo.

Hace un tiempo y para evitar posibles imprudencias opté por una nueva estrategia, la de guardar silencio, donde simplemente la presencia y la extrema cordura hablarían por sí solas.

Y así llegó el momento de comprobarlo. La mamá de una amiga había muerto y yo asistiría a la misa.

Con mucho tiempo de antelación decidí salir hacia la iglesia, pues sabía que su estacionamiento era muy limitado y yo quería asegurarme un espacio.

Al llegar y para entrar al parqueadero debía primero pasar al frente de la iglesia por una pequeña glorieta con un camino estrecho de una vía donde solo podía pasar un automóvil, pero con tan mala fortuna que justo en ese lugar y en ese exacto momento mi carro se quedó sin gasolina y termine varado.

La desgracia fue aún mayor cuando me dí cuenta que detrás de mi venía el vehículo funerario con el cadáver de la madre de mi amiga y toda su corte de autos acompañantes.

Mientras todos estaban detrás de mí y ninguno de ellos podía pasar debido a la estrechez de la ruta, yo experimentaba uno de los momentos más surrealistas y penosos de la vida.

Había creado un trancón postmortem y sin más remedio y con un gesto de sobreesfuerzo y de drama a lo mercado de lágrimas de la Carabina de Ambrosio observaba cómo varias personas de la caravana fúnebre se apiadaban de mí, descendían de sus autos y ayudaban a empujar.

Así lo logramos, y todos llegamos finalmente a la iglesia, los vivos y los muertos.

Ratifiqué que el silencio no es ausencia y que sin haber emitido una sola palabra, había logrado quedar grabado en la memoria eterna de todos los asistentes al funeral. Eso es Top of mind.

Ahora pienso cada mañana en cómo sería una estrategia de silencio exitosa para una marca o para un político .

Pensaré en silencio.

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