Por: Gloria Arias Nieto
Pazaporte

Vladdo, el genial antisolemne

Treinta tres años después de su primera caricatura, no sé quién me gusta más: si el Vladdo que retiñe la verdad con su trazo crítico, o el que escribe textos que honran la independencia; el que habla como si las palabras fueran un río que fluye sin permiso; ese loco enamorado de la luna; o el Vladdo niño, valiente defensor en alma propia, de la resiliencia y la fuerza por sobrevivir.

En esta crisis de bitácora, de líderes y de sentido común, se multiplican los autoritarismos y el error de tragar entero, es entonces cuando los vladdos del mundo ayudan a formar una conciencia ciudadana —de verdad consciente— que resista los embates de la indiferencia, de la corrupción y el oportunismo. Una sociedad que no se ufane del odio, ni se doblegue por un costal lleno de miedos, de dólares o embustes; que esté dispuesta a aprender las lecciones que nos da la vida y las lecciones que nos da la muerte. Pero en serio. Como si nos doliera encontrar balas perdidas en los cuerpos de los niños y la violencia nos pareciera una estupidez y una vergüenza, y no un triunfo ni un negocio.

El sábado en el MAMBO, Museo de Arte Moderno de Bogotá, en una deliciosa conversación entre Vladdo, Juan Gabriel Vásquez y Diana Uribe (moderación de Eduardo Arias), la historiadora dijo que “las utopías se hicieron para los días de lluvia, para los días más oscuros, no para los días de sol”. Por eso creo que Vladdo nació cuándo y dónde tenía que nacer. Él, a punta del más agudo de los lápices y los ojos y las manos en alerta roja, muestra la urgencia de tener sociedades pensantes y políticos menos catastróficos; cada línea, gesto y dimensión es un portazo a la apatía y una incitación a rechazar los vándalos que se roban la confianza.

Y es que Vladdo no vive en un país con sol político ni social. Vive en uno de los países más inequitativos del mundo, con 13 millones de personas pobres; un país en el que “un millón de hogares campesinos viven en menos espacio del que tiene una vaca para pastar” (Oxfam / Semana, 25 abril 2018). Un país que toma cianuro en cómodas cuotas de cinismo y corre peligro de acostumbrarse a la negligencia crónica, al asesinato sistemático de líderes sociales y los desaparecidos por los que nadie responde.

Por la pluma de Vladdo han pasado déspotas, filósofos y cavernícolas de cuello blanco; matemáticos soñadores y gobernantes con distintos grados de ineptitud, de acierto y falsedad; bárbaros de todos los colores, odiadores de oficio, artistas, libertarios, ángeles y generales. Con casi todos ha sido muy duro, pero con ninguno ha faltado a la verdad. Se ha burlado del poder y ha ridiculizado con irreverencia, porque un caricaturista reverente sería una traición, una masa blanda y fracasada.

La exposición de Vladdo en el MAMBO, no es apta para alérgicos a la verdad, ni se debe recorrer si se sufre de humorofobia. Los que aman esta tierra imperfecta y entrañable; los que saben que de lo sombrío al brillo no hay más que una decisión, saldrán revitalizados. Sugerencia: antes de salir del Museo, no olvide echar en el morral de la conciencia el kit Vladdo de primeros auxilios (vitales, no parlamentarios), que incluye un tanque de oxígeno, una linterna antiresignación y un potente bloqueador contra los nocivos rayos de la solemnidad.

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