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Por: Cartas de los lectores

Vladimir Nabokov: entre Rusia y Occidente

En 2019 se cumplieron 120 años del nacimiento del escritor ruso Vladimir Nabokov. En razón de la importancia del personaje, me animé a escribir sobre una biografía leída el año anterior, escrita por Brian Boyd: Vladimir Nabokov: los años rusos, publicada en el sello Anagrama en 1992. Un trabajo de 595 páginas, “al que dedicó diez años de investigación en Alemania, Francia, Inglaterra, Estados Unidos y Suiza”. Estos cinco destinos hablan del trasegar de un hombre que a los 20 años (1919) debió abandonar la Rusia bolchevique.

No fue premio Nobel, pero es el escritor ruso más influyente del siglo XX, con novelas que no desmerecen la condición de clásicos: Lolita (1955), Pálido fuego (1962), Ada o el ardor (1969). La defensa (1929-39) se incluye en esta lista por la sorpresa que guarda. En efecto, esta novela, que se nos presenta como la primera obra maestra de Nabokov, aportó esa frase con aliento de epifanía con que se abre Cien años de soledad. Comparen: “Muchos años después, en un inesperado período de lucidez y de encantamiento, recordó con pasmoso deleite aquellas horas de lectura en la terraza” (La defensa, 1929); “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo” (Cien años de soledad, 1967). Gabo modificó el tiempo verbal en una forma que incluso ha sido objeto de polémica y columnas de prensa: “Había de recordar”. Y en otra novela, Mary, se halla esta figura: “Oscuros pezones de perro”.

Estamos, entonces, ante un escritor de oficio. De ese filón se ocupará nuestra reflexión en los párrafos que siguen. “He tenido que ver con eso de escribir desde que era muy pequeño”. Confesión que apuntala el credo de que se nace con la marca de una vocación, que se desarrolla con talento, trabajo, constancia y disciplina. Adelantemos este otro ejemplo: “Se enorgullecía de gastar las gomas de borrar más deprisa que la mina del lápiz”.

En su mesa de trabajo era de contemplar su laboriosidad de carpintero para salvar una página: “Tachando, insertando, volviendo a tachar, arrugando la página, reescribiendo todas las páginas tres o cuatro veces”. Quizá por eso otro ruso, Dostoyevski, admiraba tanto al santo de la paciencia, Job. Porque harta es la paciencia que debe alimentar a un escritor de oficio. Nabokov tenía también la mística de la costurera para la concepción de las mejores prendas: “Soy un tanto minucioso en cuanto a mis instrumentos: fichas rayadas de cartulina y lápices bien afilados, no muy duros, con capuchón de goma para borrar”.

Esa rigurosa conciencia del oficio fue su salvación. Confeso agnóstico, hizo del trabajo su razón de ser y estar en el mundo, y de la escritura una liturgia propia, con un solo mandamiento, no de Moisés, sino de Rainer Maria Rilke: si descubres que puedes vivir sin escribir, no escribas. Bien difícil eso de creer y practicar. “A veces la energía y la inspiración le empujaban a escribir durante 12 horas seguidas, con frecuencia hasta las cuatro de la madrugada, y raramente se levantaba antes del mediodía”.

Como pensador, más que intelectual, se le observa lejos de los lugares comunes que orientan la vida y las costumbres gregarias. La ironía era una de sus fuentes filosóficas, por eso algunas prácticas y juicios suyos parecen contradecirse; por ejemplo, nos dice el biógrafo que fue el mejor estilista de su tiempo, el más original, y su modo natural era una prosa flexible y pulida, es decir, rítmica; pero en un sentido que semeja parodia, definía la música como “una sucesión arbitraria de sonidos más o menos irritantes”.

Sus credenciales éticas, de pensador también, lo llevaron a considerar que “la mejor escuela para un escritor es la soledad, apartado de eso que llaman ‘vida literaria’”. Y aunque reconocido agnóstico, procuraba no menospreciar las creencias en que otras personas hallaban consuelo privado.

Vladimir Nabokov nació en San Petersburgo (Imperio ruso) el 10 de abril de 1899 del calendario juliano, que en el nuestro (gregoriano) corresponde al 23 de abril. Y murió en Montreux (Suiza) en 1977. Llegó a Estados Unidos en 1940, procedente de Francia, huyendo de los horrores de la Segunda Guerra Mundial. Su hermano Serguei murió en un campo de concentración alemán en 1944. Se hizo ciudadano norteamericano, y en ese país escribió sus más grandes novelas.

Donaldo Mendoza.

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