Por: Fernando Araújo Vélez

Volvamos a barajar

Y esa noche de tormenta, de relámpagos y rayos y lluvia, mucha lluvia, cuando ya se habían ido todos los invitados, decidimos volver a barajar, inventar un nuevo pacto que nos llevara a otro orden de cosas, a otros sistemas, pues en últimas, el sistema que nos había llevado hasta allí sólo había dejado sombras, fantasmas, muertes y sangre, guerras y hambre, y a unos cuantos privilegiados que hicieron fortunas con las guerras, la sangre, el hambre y las sombras.

Dijimos, gritamos que esos privilegiados no estuvieron a la altura de sus privilegios, o que tal vez fuimos nosotros los que no estuvimos a ninguna altura y les permitimos imponer, pisotear, porque nos dejamos engañar o porque nos vendimos por un puesto o un contrato o porque caímos en las argucias de los tramposos. De una u otra forma, o por una u otra razón, juramos volver a barajar.

Juramos volver a barajar, pues el comprar o vender no nos había dejado ninguna felicidad, sino ricos y vanidosos disfrazados de sonrisa, y pobres, y muy pobres, y cada vez más pobres. Brindamos por ellos. Y la educación se había vuelto, en el mejor de los casos, sólo erudición, y nunca duda, nunca búsqueda, nunca comprensión de nosotros mismos. Y nos apegamos a manuales que condenaban las pulsiones, la libertad, la vida, y no habíamos sido capaces de escribir y de vivir los nuestros. Y éramos esclavos con un salario, y ese salario lo gastábamos en supuestas necesidades que se inventaron aquellos mismos que nos contrataban y pagaban, y así todo volvía hacia ellos. Nos creíamos libres, y sonreímos, pues sabíamos que desde nuestro nacimiento quedábamos inmersos en una autopista que teníamos que recorrer del colegio a la universidad, de la universidad al trabajo, del trabajo al matrimonio, de ahí a la familia, y luego a la muerte, y si no lo hacíamos, pagábamos cara nuestra osadía.

Esa noche lanzamos a una hoguera todas las cartas que fuimos acumulando: los diamantes que debían ser eternos, sí, pero eternos donde siempre han debido estar, y los corazones que se pudrieron, y las picas que, dijimos, deberían desaparecer para que hubiera cada vez más tréboles. Las cartas se quemaron y se chamuscaron. Se hicieron cenizas. Nosotros, por unas cuantas horas, creímos que viviríamos para siempre sin las obligaciones del amor, del dinero, del triunfar, y nos dejaríamos llevar por la pasión, por el juego, por la emoción de no sabernos seguros. Y tomamos más vino. Prometimos que a la mañana siguiente giraríamos hacia la izquierda en la primera esquina, en vez de ir como toda la vida hacia la misma derecha. Cantamos aunque nos desafináramos, y bailamos tarareando nuestras canciones hasta que el aguacero amainó en la madrugada.

Fuimos no un amor, sino mil amores, y no un viaje, sino mil viajes. Coleccionamos aquella locura, que fue la mejor forma de decirles a los cuerdos que no nos interesaban sus órdenes, pero cuando ella se despertó salió corriendo para no llegar tarde a su propia boda.

 

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