Por: Sorayda Peguero

Volver a casa

Las mañanas empiezan con un coro de pregones. En este pueblo del Caribe, la anciana que vende arepas, el hombre que ofrece ñames blancos “como la tiza” y el predicador evangélico que llama al arrepentimiento antes de la venida de Jesús convierten el silencio matutino en un lujo prohibido. Es inútil insistir en el sueño. Me incorporo para ver un video que recibí hace cuatro horas en mi celular. “No dejes de ver esto”, dice el asunto. Ocurrió en 2011, en San Antonio, al norte de República Dominicana. Ante la cámara de un telediario, algunos testigos aseguran que tres brujas se estrellaron contra una palmera. “El episodio sobrenatural ocurrió en la madrugada de este lunes, cuando tres supuestas brujas volaban frente a la iglesia de la comunidad”, dice el narrador de la noticia. Los lugareños atribuyen la causa del accidente a la inexperiencia de una de las brujas: una novata que estaba aprendiendo a conducir su escoba y que perdió el control en una esquina.

Aunque las brujas son conocidas por toda la gente del pueblo, nadie se atreve a revelar sus nombres. La información que los testigos están dispuestos a ofrecer encuentra un límite cuando el reportero se interesa por la identidad de las tres mujeres. Existe algo peor que enemistarse con una bruja: desatar la ira de tres brujas. No son delirios de gente sencilla. A las brujas se las teme desde hace mucho tiempo. Según El Malleus maleficarum (El martillo de los brujos), que desde su publicación en 1487 se convirtió en el manual indispensable de la inquisición, la mayoría de los brujos eran mujeres “porque las mujeres son más crédulas, más propensas a la malignidad y embusteras por naturaleza”. La Iglesia católica aseguraba que a las brujas las instruía un poder maligno. Las autoridades eclesiásticas decían que las brujas eran capaces de predecir tormentas, provocar abortos, arrebatarle el miembro viril a los hombres, transformarse en lobo, destruir cosechas, comer niños, beber sangre humana y tener sexo con el mismísimo diablo.

La convicción con la que hablan los testigos del “accidente” me resulta más interesante que el hecho en sí. Gabriel García Márquez le contó a Plinio Apuleyo Mendoza que le debía el método que empleó para escribir Cien años de soledad a Tranquilina Iguarán, su abuela. “Me contaba las cosas más atroces sin conmoverse, como si fuera una cosa que acabara de ver. Descubrí que esa manera imperturbable y esa riqueza de imágenes era lo que más contribuía a la verosimilitud de sus historias”.

Creo que los modos de Tranquilina Iguarán eran similares a los que usaba mi abuelo. Con una teatralidad de juglar lírico, modulaciones de voz —de locutor deportivo, de dictador maldito, de loco que vocea blasfemias— y gestos y movimientos que indicaban cambios de escenografía, el abuelo me contaba estrambóticas historias que nunca cuestioné. Lo recuerdo bien. Su presencia material, marchita por el paso del tiempo y las huellas de los vicios. Sentado en una silla de madera azul celeste y asiento de guano. Las patas delanteras de la silla suspendidas en el aire y el respaldo apoyado en la pared. Transpirando el olor del tabaco que cortaba sobre una tabla que yo olía como una adicta.

A veces, sobre todo cuando vuelvo a casa, busco voces que me hablen de esa cotidianidad que en los pueblos de América Latina, como bien decía García Márquez, “está llena de cosas extraordinarias”. No espero encontrar el método para escribir una gran obra. Solo quiero reafirmar mi regreso a este lugar pequeño y caótico, donde mi nombre de siete letras se reduce a un mote que me suena a música nueva. Donde a menudo suceden cosas que algunos consideran mágicas.

[email protected]

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de %2

Memoria

Los mendigos del mar

Asesinato de un periodista

Bolsonaro: tan lejos, tan cerca