Por: Juan David Correa Ulloa

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En El héroe discreto, Mario Vargas Llosa ha vuelto a una geografía sentimental que está atada a la de sus primeras novelas, para mí entrañables: desde La ciudad y los perros hasta Conversación en La Catedral, pasando, por supuesto, por La tía Julia y el escribidor y Pantaleón y las visitadoras.

Si comienzo este reseña de una novela citando muchas otras es porque Vargas Llosa ha fundido en este relato sobre seres pequeños y anónimos muchos de sus personajes y búsquedas de tiempo atrás. La novela vuelve además a Piura y a Lima, dos ciudades que parecen al borde del abismo por cuenta de un desmedido crecimiento económico. El héroe discreto es, además, una novela con una estructura en la que dos líneas argumentales corren de principio a fin sin que el lector sepa jamás si se tocarán o no, como ocurría también con otras escritas en los setenta y principios de los ochenta.

Son, pues, dos historias que se ocupan de dos hombres: el bueno de Felícito Yanaqué, un empresario transportador de Piura que un buen día comienza a ser víctima de una extorsión, y de dos policías que investigan el caso, Lituma —personaje del pasado— y el capitán Silva, una especie de gordo y flaco que deambulan por el caso sin saber mucho de él, buscando señuelos equivocados y pistas falsas. Pero es además la historia de este hombre que ha decidido, por amor a su querida amante, Mabel, poner la cara de frente y no pagar el chantaje barato y procaz del que es objeto desde la primera página. Y la segunda historia, que ocurre en Lima, es la de don Rigoberto —otra presencia—, su esposa Lucrecia y su hijo Fonchito, que deben soportar el acoso de Miki y Escobita, dos hermanos, hijos del jefe de Rigoberto, Ismael, un hombre de ochenta años que ha decidido, para desheredar a sus dos vástagos, casarse con su empleada, Armida, una chola a quien los dos hermanos desprecian y persiguen con encono hasta el final de la novela.

En medio de esas dos líneas argumentales vuelven a aparecer las calles de las ciudades de sus años de formación, las esquinas que Vargas Llosa ha frecuentado en buena parte de su literatura, sus personajes, desde Rigoberto hasta La Chunga, una vieja prostituta a quien Lituma no encuentra ya en un barrio marginal de Piura que ha sido destruido por el progreso. Es un melodrama, una novela sencilla, que a mí me recordó cuánto leí a ese escritor que se había ido hacia otros territorios después de Los cuadernos de don Rigoberto, en 1997. Algunos, tan afortunados como La fiesta del chivo, otros, tan poco memorables como Travesuras de la niña mala.

 

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