Por: Gustavo Páez Escobar

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Hace 45 años llegué a Armenia como gerente de un banco. El Quindío iba a cumplir 3 años de su separación de Caldas y había conquistado el título de “departamento piloto de Colombia”.

 El café era el nervio poderoso que movía la economía regional y aportaba una cuota importante para la prosperidad del país.

En los años 1975-1977 tuvo lugar la mayor bonanza cafetera que se haya visto y trajo consigo una lluvia de divisas para el país, con la consiguiente ganancia para los cafeteros. Así mismo, nació una ola de inflación que creó un estado peligroso bajo el impulso del dinero frenético que invadía todos los renglones de la economía.

Después llegó la destorcida del café. Para un territorio que siempre había dependido del café, la caída de su industria básica significó el peor desastre económico de su historia. En 1999 sobrevino el fuerte terremoto que afectó al Eje Cafetero y produjo los peores desastres en el Quindío. Armenia quedó destruida en buena parte. Pero en corto tiempo, y de manera sorprendente, se levantó de las ruinas e hizo surgir una urbe superior.

Mucha agua ha corrido bajo los puentes a partir de 1969, cuando llegué al Quindío. Y a partir de 1983, cuando regresé a Bogotá. De entonces a hoy muchas cosas se han modificado en el ámbito regional: la economía sufrió un enorme deterioro, los problemas sociales se desbordaron, la comunidad fue sacudida con la irrupción de Carlos Lehder y su nefasta época de los narcóticos y la corrupción. La gente lucha hoy por superar esta racha de reveses.

Lo único que no ha cambiado en el Quindío es la calidad de la gente. La amistad, la hospitalidad y la simpatía son dones congénitos que no han podido desvanecer los tiempos adversos. La amabilidad del quindiano está pegada en el ambiente. Es su mayor presea. Esa fue la atmósfera humana vivida con mi esposa y los hijos durante los 15 años de permanencia en la región.

En estos días estuvimos de nuevo en el Quindío, con la familia ya aumentada, en gratísimo encuentro realizado en la Estación Paraíso, celebrando nuestros 50 años de matrimonio en compañía de un entrañable grupo de amigos quindianos. Pompilio, mi cantante inolvidable, me hizo recordar los viejos tiempos con la bella melodía Los libros. Qué vivificante resulta volver a la región y comprobar que los lazos del afecto están vivos.

Habrá cosas que se han marchitado, menos la amistad. El dinero y los bienes materiales pueden estropearse, mas no el alma. El sentido del retorno: reencontrarse con los rostros amigos, transitar por los antiguos caminos, volver a contemplar el verdor de los campos y el embrujo de los atardeceres, es un regalo que da la vida.

Mientras el avión remontaba las ensoñadoras campiñas, percibía yo, con nostalgia, la voz lejana de Carlos Gardel: Volver, con la frente marchita… / las nieves del tiempo / platearon mi sien. / Sentir que es un soplo la vida, / que veinte años no es nada, / que febril la mirada, / errante en las sombras / te busca y te nombra. / Vivir con el alma aferrada / a un dulce recuerdo / que lloro otra vez…

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