Por: Catalina Uribe

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Desde hace un tiempo la confianza en los hechos depende de su verificación tecnológica. Creemos que una foto, un audio o un video nos aproxima más a la verdad. No en vano la FIFA decidió que para el próximo Mundial utilizará grabaciones como asistencia arbitral. Pero a medida que se desarrolla la tecnología se crean también las formas de desafiarla. Empezamos con los fotomontajes, seguimos con las imitaciones de voz y ahora estamos en un momento donde es tan posible cambiar la cara de actrices porno por la de actrices de Hollywood, como crear videos falsos de candidatos presidenciales sincronizando sus labios.

Lo que vemos y oímos puede ser pura ficción. Y cuando creíamos que la solución era sólo descartar las cadenas de WhatsApp o portales de internet de dudosa reputación, aparecen internautas maliciosos que incluso falsifican el logo de fuentes reconocidas. Hace poco alguien utilizó indebidamente el nombre de El Espectador para crear una noticia falsa sobre la supuesta captura de unos congresistas del Cauca. Las redes sociales son cada vez más eso: sociales. La información la estamos teniendo que ir a buscar directamente a las fuentes originales.

Esta angustia sobre la verdad me recuerda el debate sobre los límites a la libertad de expresión. Muchas personas, con razón, cuestionan la posibilidad que tiene un periodista irresponsable de injuriar o calumniar sin ningún reparo y del daño que potencialmente esto puede causar en las víctimas. Pero la respuesta a esta inquietud es siempre la misma: la libertad de expresión es un derecho inviolable y el periodista que engaña está poniendo en juego su reputación y carrera. De ahí los grandes nombres de periodistas, de editores y de medios de comunicación.

Así, en una extraña vuelta al pasado, después de aplaudir por años la nueva horizontalidad de la información, las redes sociales, la ciudadanía como nuevo periodista y todo lo demás, la ciencia nos mandó de cabeza al origen. Para poder distinguir la verdad del rumor tenemos que volver a confiar en los grandes periodistas, y en las páginas oficiales de periódicos confiables. En la época de la inmediatez tenemos que volver a sentarnos a esperar a que se confirmen las fuentes. Y en tiempos de la gratuidad de la información tenemos que volver a meternos la mano al bolsillo para pagar por la verdad; quizá la inversión que más valga la pena.

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