Volver a la normalidad

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Tal vez es el deseo y la pregunta más recurrente en estos tiempos de crisis. ¿Cuándo volveremos a la normalidad? Y así, cada quien recrea los proyectos que quedaron aplazados o truncados por esta pandemia, recuerda sus buenos momentos y seguro añora regresar a aquel sitio donde suele ser feliz: alguna librería, aquel parque, esa caminata en la mañana, esa comida en familia, sentirse seguro al ir al trabajo, cosas simples que han empezado a adquirir importancia en estos tiempos y nos obligan a replantearnos nuestras prioridades de aquí en adelante, luego de superar lo único que ahora parece importar: sobrevivir.

Pero, más allá de este retorno al pequeño paraíso de cada quien, alterado ahora por este virus global, ¿qué significa volver a la normalidad en un país como Colombia, justo ahora que la pandemia nos ha mostrado el rostro cruel y doloroso de esta sociedad y de este régimen político?

Desigualdad, corrupción, violencia, abandono del campo, economía informal, pobreza, una clase política extractiva, insolidaridad, indolencia, indiferencia por el destino del otro, sistemas de salud raquíticos y endeudados, un Estado incapaz de garantizar los derechos y arrojando migajas en subsidios, gobiernos pensando en las élites… ¿Eso es volver a la normalidad?

Si esta crisis no es una ventana de oportunidad para cambiar muchas de estas cosas, para un nuevo contrato social —demanda que venía planteándose desde al año pasado con las protestas sociales—, pues no aprendimos nada y, en el fondo, lo que añoramos es que todo vuelva a ser como antes para refugiarnos en nuestros paraísos artificiales de comodidad, indiferentes al destino trágico de miles de personas, un paisaje al que nos acostumbramos. Esta pandemia sirvió de espejo para ver nuestra verdadera realidad social, la de gente que si no trabaja cada día no come, que no tiene un futuro ni para ellos ni para sus hijos, un Estado que gasta más en armas para una guerra que ya se libra de puro aguante que en camas o acceso a internet en el sector rural, de una clase política que hace pactos bajo la mesa con narcos y cuando son descubiertos exhiben su falso patriotismo y sacrificio por el pueblo.

Un sistema financiero menos extractivo —y a la vez más competitivo—, un sistema económico menos rentista, donde en realidad prime la libre competencia para que la mayoría se beneficie del sistema de precios, un eufemismo que aquí se confunde por pequeños monopolios beneficiados con exenciones tributarias conseguidas a punta de cabildeo y buenas conexiones.

El Estado se ha transformado en la fuente de aseguramiento de privilegios de unos pocos, aquí, en China, en Francia y en Estados Unidos, pero el Estado pertenece al ciudadano, porque la legitimidad del Estado moderno descansa en la soberanía del pueblo, como nos lo recuerda el artículo 3º. de la Constitución. El Estado no puede ser más lo que quieran los organismos multilaterales de crédito y las calificadoras de riesgo, sino lo que quieran y necesiten sus ciudadanos, un Estado que sepa cumplir sus funciones, que declare la salud como un bien público esencial y favorezca el desarrollo de un mercado laboral sólido y formalizado. Esto último no lo digo yo, lo dice Santiago Montenegro, uno de los guardianes del sistema: “Colombia jamás entrará plenamente en la modernidad con un 64 % de informalidad laboral y un nivel semejante de informalidad empresarial” https://www.elespectador.com/opinion/despues-de-la-plaga-columna-913085.

Seguro las cosas no volverán a ser como antes después de esto, una obviedad resumida de manera magistral en la metáfora heraclitiana, y no será igual porque hemos conocido la vulnerabilidad como especie y la fragilidad de la vida en este planeta, que entre todos estamos destruyendo; sin experiencia, el ser humano no termina de aprender, y esta experiencia terrible que estamos viviendo de la muerte acechando en las cifras y en las calles, invisible e implacable, nos tiene que llevar a una nueva forma de vivir la vida, no solo para enfrentar otras pandemias o catástrofes ambientales que están a la orden del día, sino para comprender la necesidad de reconocer al otro como parte de nuestra existencia.

@cuervoji

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