¿Volveremos?

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Por Catalina Trujillo-Urrego

En redes sociales circula desde los primeros días de confinamiento la imagen de una pared con la leyenda “Volveremos a abrazarnos”, frase ya muy común en estos días de pandemia por la canción que se ha vuelto casi el Color esperanza de 2020. Además de servir para diversas interpretaciones y memes, el mensaje de la imagen nos pone frente a la incertidumbre de cuándo y, sobre todo, quiénes volveremos.

Desde el 25 de marzo, día en que empezó la cuarentena en Colombia, he estado construyendo una lista de personas y oficios fuertemente golpeados por la suspensión de actividades y que ven muy incierta la posibilidad de volver. Algunos de ellos, hoy, más de tres meses después, ya saben que no tendrán futuro en ese regreso a “la normalidad”.

Los primeros puestos de la lista corresponden a mis actividades cotidianas: la academia de danza, la piscina donde hago terapia, el consultorio del psicoanalista. Luego pensé en mis espacios de entretenimiento: el bar, el cine, la librería, el museo, el teatro y el bailadero de salsa. Y a todos esos se suma una larga lista de restaurantes en los que le hacía el quite a cocinar en casa. Cada uno de estos lugares, con muchos seres humanos detrás del letrero en la fachada. Tantas personas a las que esta pandemia sorprendió y que lo único que tienen de esperanza es aprender a conjugar un verbo ya manido: “reinventar”, como si alguien supiera a qué futuro apuntan las reinvenciones.

Pensaba en todos ellos y quería llamarlos para saber cómo la llevaban. Fui de a poco, temía mucho por lo que podía encontrar al otro lado del teléfono. Quizás a alguien con las fuerzas repotenciadas, pero también, seguramente, a alguien disminuido al ver que lo que construyó durante tantos años se estaba desvaneciendo y definitivamente no iba a repuntar.

El mismo sector al que pertenezco se ha visto afectado. En una pandemia de estas lo que prima es la satisfacción de las necesidades básicas y, aunque leer sería un salvavidas para el alma, los libros no se comen, en consecuencia, la producción editorial, en todas sus esferas, también tendría su remezón.

Y hasta acá solo he contemplado actividades y negocios que son parte de mi entorno. Con los días, hablando con amigos y familiares, la lista fue creciendo: odontólogos, peluqueros, paseadores de perros, vendedores ambulantes, deportistas, serenateros, entrenadores personales, manicuristas, banqueteros, guías turísticos… Esto es solo una pequeña porción de un universo de personas en la incertidumbre.

Con el paso de las semanas, algunos de estos comerciantes han diversificado sus actividades, la academia de danza dicta clases por Zoom, el bar reparte domicilios de cerveza, los bailaderos organizan fiestas virtuales, el teatro hace funciones en línea, pero, ¿cuánto pueden sostenerse en estas modalidades no presenciales? ¿En qué medida son acciones de resistencia o negación frente a una caída económica que ya empezó?

Por ejemplo, la piscina, ¿podremos volver a nadar? Y pensemos en los fabricantes de vestidos de baño, ¿quién compra ahora una prenda de estas? No todos sobrevivirán de redirigir la producción a la confección de tapabocas. No todo puede adaptarse a las nuevas demandas del COVID-19.

¿A qué precio acatamos el confinamiento? Las medidas de cuidado han sido precisas y oportunas, pero el plan de contingencia para la crisis económica debería ser más visible y claro para tantos sectores que se están quedando ya sin estrategias para llegar al otro lado.

Sin duda, volveremos a un mundo al que muchos no regresarán.

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