Por: Columnista invitado

Volviendo a las raíces

* Pablo Ceballos Navas

“Aquel que no conoce la historia, está condenado a repetirla.” Napoleón Bonaparte.

Hoy tenemos la oportunidad de cambiar, de construir un país diferente. Colombia está entrando a una etapa que asegura ser compleja pero que es profundamente esperanzadora: el post-conflicto. Con el fin de la guerra con las FARC (y las negociaciones con el ELN) se respira un aire nuevo, de paz, de reconciliación y de alegría. Los colombianos volvimos a soñar con un futuro distinto para nuestro país, donde la vida sea sagrada y la paz llegue para no irse jamás.

El post-conflicto supone retos tanto para el gobierno como para la ciudadanía. Para el Estado, requiere de un alto gasto  presupuestal, así como nuevas responsabilidades en la protección y el acompañamiento de aquellos que anteriormente eran sus enemigos. Y para la ciudadanía, exige desarmar nuestras mentes y corazones de estigmas, señalamientos y rencores en pro de una sociedad más pacífica. Para ese desarme, es necesario reconocer dos verdades: la primera, en Colombia hubo en efecto una guerra, y la segunda, hubo bandos de izquierda y de derecha en el desarrollo de la misma. Ese reconocimientos hace parte de la llamada “memoria histórica”, que tiene como objetivo estudiar las motivaciones, el desarrollo y las consecuencias del conflicto armado, presentar la visión de la guerra desde el punto de vista de las víctimas y formular un debate sano y documentado sobre la historia de Colombia, con miras a la consolidación de la paz. Si entendemos qué fue el conflicto armado en nuestro país, por qué ocurrió y qué generó, podremos reconocer patrones que ayudaron a fortalecer la guerra y no cometer los mismos errores del pasado.

En la memoria histórica se hace necesario volver a las raíces y recordar que Colombia ha estado fragmentada históricamente en dos países que se unen bajo el mismo nombre, pero que aún les cuesta reconocerse como iguales. El país citadino: rico, poderoso, vibrante y cosmopolita. Y la Colombia profunda: campesina, desigual e injusta; ese país que a diario se levanta para ejercer uno de los oficios más valiosos, trabajar la tierra, para asegurarnos que haya comida en las plazas y mercados de toda la nación. Y seria irresponsable negar la existencia de un híbrido entre ambas, el encuentro de estas “dos naciones” en los límites, periferias, extramuros o como quiera llamarse, de las grandes ciudades, donde se manifiesta la injusticia evidente del campo. A ese país olvidado, ignorado y con nombres como Mapiripán, Mitú, La Rochela o El Salado que resuenan en nuestras cabezas por las atrocidades a las que fueron sometidos, debemos pedirles perdón e invitarlos a participar en la construcción del país que todos soñamos. La memoria debe tener ese elemento unificador entre ciudadanos, que nos acerque como colombianos y que ayude a disminuir progresivamente la brecha entre el campo y la ciudad.

Unámonos, como hijos de un mismo país, para soñar, amar y disfrutar. Recordemos a aquellos que el cáncer de la guerra nos arrebató y hagámoslos sentir orgullosos de que desarmamos a las FARC, estamos intentando hacer lo mismo con el ELN y, por fin, vemos posible vivir en un país en paz.

Escribo esta columna por Pilar Navarreto y los más de siete millones de víctimas de este conflicto absurdo. La paz es un derecho, que el país le incumplió a la generación de mis papás, que está intentando no incumplirnos a nosotros y que no permitiré que le incumplan a la generación de mis hijos. La memoria es un deber de todos nosotros, los colombianos del futuro.

 

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