Por: Pascual Gaviria
Rabo de ají

Votación inconsulta

Hacía tiempo no se veían unas elecciones tan mansas, tan poco cargadas de odio, tan libres de adoctrinamiento y otros impulsos. Los puestos de votación no tenían el aire de desconfianza y recelo al que nos hemos acostumbrado. Fueron unas elecciones extrañas, unánimes de algún modo. Los contradictores no eran quienes estaban entre quienes iban llegando a los puestos de votación o buscaban su mesa en los listados a nuestro lado, sino quienes estaban en la casa y desestimaban la democracia sin intermediarios, las decisiones sin grandes marcas ideológicas o personales. Apenas dos meses largos después de la segunda vuelta presidencial, los candidatos enfrentados con todas las letras estaban de acuerdo en un tarjetón con siete preguntas.

Solo una pequeña porción de egocéntricos y paranoicos vieron la consulta como un ataque personal. Cualquier discusión lejana a sus pugnas, donde no sean protagonistas de primer orden, resulta inconveniente para ellos. Es posible, además, que el líder de esa secta pensara en su experimento fallido de participación ciudadana hace 15 años, y en las posibles comparaciones que lo podían poner por debajo en capacidad de movilización. Tiempos aquellos, donde la palabra patria estaba en todos los discursos y se justificaba el gasto en papel, tinta y cubículos.

Parece increíble que una elección casi anónima tuviera un nivel de participación solo un poco más bajo, un millón y medio de votos menos, que la elección más belicosa y agresiva de los últimos tiempos: el plebiscito sobre los acuerdos con las Farc, una supuesta disyuntiva entre la entrega del país a un grupo armado que dejó miles de víctimas en 50 años de conflicto y la promesa de una paz “estable y duradera”. La votación del domingo demostró que casi una tercera parte de los ciudadanos salen a votar sin necesidad del fuego ideológico, sin el arrastre de una hecatombe a la vista, sin ardores ni cebos en contante y sonante.

Esa espontaneidad de los votantes, además de un cuestionario marcado por la enseña anticorrupción, hace que sea muy complejo endosar los votos a partidos o candidatos. La menor votación en la consulta coincide con los departamentos de las costas donde el Sí y Petro sacaron mejores resultados. Excepto algunas capitales como Cartagena, Barranquilla, Popayán y Pasto. Y el centro del país, donde el uribismo ha sido ganador en los últimos años, mostró apoyo fuerte en la consulta, incluso en las zonas rurales donde las votaciones fueron bastante mayores a las logradas por Petro en segunda vuelta. En un departamento marcadamente uribista como el Huila, la consulta logró el umbral con más del 34 % de participación. Y en siete municipios del oriente antioqueño, donde el uribismo es legión, la consulta pasó del 33 % exigido para ser vinculante. Mientras en Medellín sacó 100.000 votos más que Fajardo, Petro y De la Calle sumados en primera vuelta. La participación fue más una señal de cultura democrática, de madurez política y criterio propio a la hora de votar, que un asunto de filiación partidista u obediencia al caudillo. Aunque también hubo algunas coincidencias notables entre votaciones de los verdes y participación en la votación del cuestionario.

Quedan varias preguntas para lo que viene. ¿Tienen las consultas riesgos cercanos al llamado “Estado de opinión”? ¿Puede convertirse en un instrumento para que las mayorías restrinjan algunos derechos de las minorías? ¿Sirve el mecanismo para reformar la Constitución, como decían algunos críticos que sucedía con las preguntas uno y siete? Sin duda hay riesgos apreciables que no deberían desconocer quienes hablan de bajar el umbral o convertir el mecanismo en un juguete para cada desacuerdo.

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