Por: Carolina Sanín

Votar borracha

EL JUEVES POR LA TARDE ME LLAMAron por teléfono, contesté, y no era nadie. Era una voz joven de mujer.

“Hola”, dijo. Creí que era alguien que quería oírme, pues sonaba entusiasmada y familiar. La voz incluso se me pareció a la mía. “Hola”, le dije. “¿Ya sabes que hay ley seca este fin de semana?”, me preguntó. Después del “¿ya sabes?” alcancé a pensar que iba a recibir una noticia. Pero cuando oí hablar de ley me di cuenta de que estaba oyendo una voz grabada. “No lo pienses más”, dijo ella a continuación, y con el mandato supe que la voz representaba a una persona plural. Por un instante quise saber en qué cosa querían que yo no pensara tras recordarme la ley. Entonces vino la orden del ente impersonal que, a saber, era un supermercado: “Aprovisiónate de todo lo que necesitas para la rumba en casa”, dijo la propaganda. Entendí que, como el domingo habría elecciones y la ley prohibiría vender alcohol, el supermercado esperaba que sus clientes saliéramos en pos de su voz, a comprar antes de que fuera tarde.

El viernes por la mañana volví a oír voces grabadas que pretendían hablarme. “Hola, soy Simón Gaviria”, dijo en la radio uno de los candidatos al Congreso. Y una candidata dijo: “Hola, soy Clara López”. Y luego sonó: “Hola, soy Catalina Gómez, y en Farmatodo encontré todo lo que necesito”. Entre propaganda y propaganda, los locutores del programa repitieron una máxima harto controvertible: “Los malos gobernantes son elegidos por los buenos ciudadanos que no votan”. Luego entrevistaron a Mel Gibson, y hasta el medio día siguieron frotando superficie contra superficie contra superficie.

Oigo las voces de los candidatos que me piden que delegue en ellos mi autoridad, y por un momento me siento oyendo las voces que Juana de Arco oía en sus trances y que la instaban a salvar su patria, es decir, a colaborar para que Carlos VII fuera coronado rey de Francia. Pero las voces de la santa y la del rey sustentaban su existencia en el otro mundo. Las de la democracia representativa, que se sustentan en un intercambio de identidades que no acabo de comprender, me son más alucinantes. Me proponen operaciones que combinan la aritmética trascendental, el fervor y la teoría del teatro. Cada voz dice que, si voto, junto con otros me puedo convertir en ella. Son muchas, y cada una dice conocerme y me promete que sólo ella puede crear un personaje que me representará, a condición de que me calle en el signo de la mayoría. El juego es interesante, pero yo no quiero jugar ahora.

Como se ve, no he terminado de asumir el sistema político en el que vivo. Nunca he votado. No sé si al votar estaría contribuyendo a cumplir el deseo del Estado, de ser muchos, o el deseo de determinados individuos, de verse mucho. No quisiera asumir un compromiso que no abarco. Sólo podría suspender la pregunta si entrara en un estado alterado, como Juana; pero a falta de cultivar la devoción, me tocaría emborracharme. Para votar el domingo, tendría primero que acatar el mandato del mercado. Quiero decir, el del supermercado que me llamó el jueves como desde otro mundo a pedirme que me emborrachara. Pero si me emborrachara para atender el llamado de las voces, seguramente también se me ocurriría creer que la voz del supermercado es alguien, y trataría de conversar con la propaganda. Y el lunes, con la resaca, me sentiría ridícula.

De modo que no votaré borracha, que es como podría votar. Si pudiera votar sobria (si me hiciera otra, como la democracia representativa me dice que es posible) votaría por Jorge Enrique Robledo. Sobre todo porque en su primer cartel publicitario, en el que decía “Robledo soy yo” sin foto ni otra referencia, parecía preguntarse lo mismo que yo.

Buscar columnista

Últimas Columnas de Carolina Sanín