Por: Uriel Ortiz Soto

Votar con responsabilidad y honestidad

En Colombia, no solamente nos está faltando responsabilidad ciudadana frente al voto, sino también madures electoral con respecto a nuestras regiones. Pero, a más de lo anterior, hay que agregar la apatía y la indiferencia para participar en los comicios.

En Colombia, no solamente nos está faltando responsabilidad ciudadana frente al voto, sino también madures electoral con respecto a nuestras regiones. Pero, a más de lo anterior, hay que agregar la apatía y la indiferencia para participar en los comicios.

Los altos índices de abstención manifestados en las regionales anteriores así lo comprueban. Todos estos vacíos de participación ciudadana que se presentan en la vida democrática del país hace que por ellos se filtren los enemigos del orden y la legalidad institucional.

Parece que las lecciones dolorosas y vergonzosas que nos han dejado los episodios de la parapolítica y la corrupción administrativa, que se convirtieron en el pan de cada día por los noticieros nacionales e internacionales, no son razones suficientes para adquirir conciencia frente a las gestas democráticas. ¿Qué decir de los grupos guerrilleros? su perdurabilidad y capacidad de combate frente al Estado de Derecho legítimamente constituido, son también consecuencia de la indiferencia ciudadana frente a las urnas. Por más que nuestras fuerzas del orden luchen por todos los medios contra todos estos flagelos; sino se crea responsabilidad y honestidad, con sentido de pertenencia regional en los comicios electorales, es imposible combatirlos, por los menos institucionalmente.

La fortaleza de un Estado de Derecho reside en la estructura y consolidación de sus instituciones políticas. Infortunadamente, en nuestro país estas instituciones no pasan de ser un saludo a la bandera. Los directorios políticos se han convertido en clubes de unos cuantos privilegiados para repartirse las curules y las prebendas que otorgan los gobiernos de turno a sus incondicionales. Son muy pocos los ciudadanos, empresarios, educadores, juventudes y de otros sectores que tienen simpatía por un partido o movimientos político, sencillamente porque solo se les tiene en cuenta para efectos de votación y recaudos en épocas electorales, pero nunca para que formen parte de sus cuadros directivos. Las varias reformas políticas que se han propuesto y fracasado en el Congreso de la República, así lo demuestran.

Siempre hemos sostenido a través de esta columna que, para fortalecer los partidos políticos, se hace menester introducirles una reforma de gran calado, pero para esto es indispensable que el ciudadano común participe: los campesinos desde sus veredas, los estudiantes desde los centro educativos, los empresarios e industriales desde sus centros de producción, los obreros desde sus fábricas, los transportadores y motoristas desde sus diferentes organizaciones gremiales; en fin, todos los ciudadanos sin ninguna exclusión, están llamados a participar en las organizaciones políticas y democráticas del país. La forma más adecuada y razonable para ventilar los problemas de un municipio, vereda o barrio, es desde las organizaciones políticas y democráticas, eso sí, legalmente constituidas y reconocidas por las autoridades competentes.

Por eso, los comicios del próximo 28 octubre son tan importantes para nuestra democracia futura. Sus resultados servirán de derrotero para estructurar la reforma política que el país con urgencia necesita. Esta reforma deberá hacerse teniendo en cuenta el comportamiento electoral de cada uno de los partidos y movimientos políticos que actualmente se encuentran reconocidos como tales ante el Consejo Nacional Electoral. Se tiene entendido que muchos de ellos desaparecerán, puesto que no podrán cumplir con el determinado número de votos indispensables para subsistir.

Si queremos que las instituciones democráticas se fortalezcan hay que votar decididamente con el fin de exigir a nuestros congresistas se apruebe el nuevo estatuto de partidos políticos, o de lo contrario, acudir al constituyente primario para que sea él quién lo haga. Nuestra democracia no puede seguir moviéndose sobre unas instituciones, movedizas, endebles, obsoletas y paquidérmicas, que ni sus mismos dirigentes las entienden.

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