Por: Ernesto Yamhure

Vox pópuli

LAS MONARQUÍAS ABSOLUTISTAS LOgraron mantener el poder, convenciendo a los súbditos de que el rey era un predestinado, escogido por Dios para regir el destino del pueblo. Las leyes emanaban de su palabra y voluntad, ante las que no cabía discusión o recurso alguno.

Con la desaparición del absolutismo, la determinación recayó en los pueblos que soberanamente decidieron el modelo político que en adelante debía regirlos. Colombia, desde su independencia, se encaminó por la vía del republicanismo democrático. Gracias a un férreo respeto por la división de poderes, este país ha sido tierra infértil donde afortunadamente nunca ha podido germinar la nefasta planta del totalitarismo.

Durante el período en el que la región fue gobernada por barrigones megalómanos que fungían de generales, nuestra democracia, a pesar de sus múltiples imperfecciones y amenazas, se mantuvo fiel y firme. Mientras Stroessner, Videla, Pinochet, Castro, Batista, Trujillo, Garrastazú, Somoza y Bordaberry gobernaban a sus países como quien manda en un batallón de reclutas, acá nos la jugamos por mantener un modelo en el que sólo podían participar civiles que, a su vez, accedían al poder por medio de elecciones libres y generales. Providencialmente, no nos dejamos tentar por quienes le apostaban a la dictadura de los chafarotes.

Guerrillas y narcotráfico se constituyeron en la principal amenaza de la democracia. La Fuerza Pública estaba resignada ante el descontrolado crecimiento de unos ilegales que habían sido generosamente complacidos con el despeje territorial, legal, político y, sobre todo, ético que le había concedido un gobierno que se decía conservador.

Surgió la Seguridad Democrática, como respuesta al anhelo de millones de ciudadanos que, a pesar de las amenazas, extorsiones, secuestros, masacres y atentados terroristas, tuvieron el valor de rebelarse en las urnas. Desde entonces, una sólida mayoría aplaude los resultados hasta ahora obtenidos.

Hemos visto al Gobierno sintonizado con el querer de los ciudadanos que, gracias al fortalecimiento institucional que hemos experimentado, han podido contar con las garantías para participar activamente en el despertar democrático que vive el país.

Mientras los países de la región, tras un brevísimo paso por la democracia, han retornado a la dictadura, Colombia ha resuelto mantener sus centenarios valores democráticos y para ello decidió combatir frontal y decididamente a todos aquellos factores que la amenazaban.

Venezuela, Ecuador, Nicaragua, Bolivia y Argentina, países que se enorgullecen al decir que están siendo gobernados por modelos socialistas, no pueden ser un patrón de referencia para nosotros. Allí reina el caos, la corrupción y el bandidaje embozado en la más pútrida expresión de populismo.

Estos son algunos elementos que motivaron a más de cuatro millones de colombianos a firmar para que el gobierno de la Seguridad Democrática pueda ser reelegido una vez más. Fueron personas de carne y hueso —proporcionalmente muchas más de las que participaron en la elección de Constituyentes en 1991— que están haciendo uso de su derecho a participar y decidir libremente el futuro del país.

Para bien de la democracia, el destino ya no lo trazan los editorialistas ni los columnistas. Mucho menos lo hacen los jefes de los burocratizados y enmohecidos partidos políticos. No. En adelante y para siempre, nuestra suerte deberá estar en manos de quien corresponde: el pueblo.

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