Por: Tatiana Acevedo Guerrero

Voy a hacerte una casa en el aire

En la costa norte de Cartagena nace Serena del Mar. “Sueño del empresario y filántropo Carlos Haime, esta ciudad, diseñada por arquitectos mundiales, construye sus cimientos sobre el enclave mágico del paisaje”. La ciudad promete combinar la “innovación global” con “la esencia de una cultura y una inigualable belleza geográfica”. Para ello, sus videos, publirreportajes y página web enumeran los beneficios que inaugurará: vivienda, salud, educación, hotelería y negocios. En materia de vivienda, dicen, es “un proyecto en beneficio de la sociedad”. Optimista, el entonces ministro de Vivienda, Luis Felipe Henao, comentó que “este tipo de iniciativas son bienvenidas en el país, ya que generarán dinamismo en la economía y transformarán las ciudades”. En materia de educación, celebran la llegada a la nueva ciudad de la Universidad de los Andes. En materia de salud, aplauden la posibilidad de la Fundación Santafé.

Serena del Mar es “un nuevo amanecer en el horizonte”, recita la prensa. ¿Y qué podría salir mal con un amanecer? En medio de imágenes impresionantes de agua transparente, que hacen espejos del cielo, es quizá la limpieza en los diseños y los sueños del futuro la que apunta al desencanto. En la publicidad aparece una ciudad de cemento blanco, blanquísimo, dentro de lotes de vegetación “nativa”, mar y piscinas. El trabajo de la profesora Mónica Hernández Ospina, que le ha seguido la pista al proyecto, resalta las contradicciones entre las ofertas de inclusión social y las realidades más cotidianas de la construcción: el primer programa de la Facultad de Administración de la Universidad de los Andes fuera de Bogotá (“diseñado por Brandon Haw”), oficinas de “lujo para el desarrollo de negocios internacionales”, hoteles, marina y recreación náutica, canales navegables y playas, campo de golf de 18 hoyos (“diseñado por Robert Trent”), satélite de la Fundación Santafé. Estas obras, más los apartamentos que actualmente se venden, no hablan de horizontalidad entre comunidades, sino más bien del lujo y la verticalidad, de la que conocemos tanto.

La marina y las playas privadas. El mar intervenido para que se vea más azul. Estos lugares tan “serenos”, sin nada alrededor, en el aire, tienen como condición la ausencia de vendedores ambulantes, de música popular, de la bulla y de la historia de la gente de ahí. La ciudad no es sólo blanca, es también “nueva”. La pretensión de una ciudad construida desde cero implica (por supuesto) que antes no había nada en su lugar. Esto es (por supuesto) falso. En su investigación, Hernández Ospina llegó a Serena del Mar persiguiendo pleitos de titulación colectiva. Comunidades del corregimiento de La Boquilla tuvieron que enfrentarse al dilema vender (a Serena del Mar) como propietarios individuales o esperar a una titulación colectiva que se enfrentara en su esencia al proyecto de “ciudad nueva” que se le viene encima. Algunas comunidades no tuvieron la opción de escoger, pues Carlos Haime, el inventor de Serena del Mar, compró por años tierra alrededor de la hacienda Los Morros, “a ocho kilómetros del centro histórico de Cartagena, para construir una ciudad”. De acuerdo con el Incoder, el proceso de titulación colectiva de los territorios de Villa Gloria y Marlinda está frenado por un recurso de oposición interpuesto por un apoderado de Haime, que afirma que los territorios son de su propiedad.

La paradoja que cierra esta historia es la de los propietarios de la “nueva ciudad”: Rafael del Castillo, presidente de la constructora de Serena del Mar, de la regional de la Andi y el Consejo Gremial de Cartagena, une sus esfuerzos y capitales con los de Daniel Haime, heredero del capital Haime, cuyo éxito empresarial proviene principalmente de Indupalma (empresa sobre la que pesan décadas de denuncias sobre alianzas con paramilitares en el sur del Cesar). Los dueños de la “ciudad nueva” son los dueños de la Cartagena de siempre y de tierra en la región. La ciudad nueva no es sino continuidad.

 

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