Por: Carolina Sanín

Voz, vista y olfato

Si uno lee literatura colombiana contemporánea, y por cada novela buena se aguanta cada año diez que están escritas no sólo sin razón sino también sin voz ni oído, entonces se estremece cuando empieza a leer a Evelio Rosero y se encuentra por fin ante un artífice que, a fuerza de pensamiento, se ha inventado una música.

Y si uno ve a los literatos colombianos contemporáneos, se alivia al encontrar a un escritor como Evelio Rosero, que no figura en las sociales, que no va por ahí pidiendo y que no se dedica al elogio mutuo con sus colegas. Es este aspecto de Rosero, junto con la tardanza de su reconocimiento público, el que ha decidido explotar la prensa cultural, como sucedió hace un par de años con el formidable Tomás González. Pero aunque, como digo, es refrescante que exista en Colombia un escritor discreto (o dos), parece exagerada la fascinación de los periodistas por determinados rasgos de carácter. ¿Qué mérito literario hay en ser ermitaño o simplemente tímido? ¿No es moralista celebrar con euforia que un autor recientemente premiado no sea rico y haya trabajado muy solo y muy largamente para ganarse una entrevista? ¿No habrá, en la sugerencia de que el tipo no está de fiesta aunque sea famoso, algo que apacigua la envidia del público?

En cuanto a Los ejércitos, la novela de Rosero que ha mojado prensa recientemente: su conocimiento del terror es hondo y la transmisión de éste es eficaz, a pesar de que algunas descripciones resultan reiterativas. Su misteriosa velocidad hace que, sin que el argumento sea circular, el principio y el final se encuentren en cada episodio. Tiene buena voz, salvo cuando los personajes se ponen a reír a carcajadas sin ton ni son, un error que ya el autor cometía en En el lejero. Tiene buena vista: el tríptico de la mujer desnuda / la vieja esposa huidiza / el cadáver violado, que organiza la narración, es una alegoría memorable de la desaparición forzada.

Tiene un pero: el escenario parece más un pueblo colombiano de los años 50 del siglo pasado que uno del siglo XXI (como se supone que es) y, en ocasiones, también los personajes parecen sacados de tiempos de Caballero Calderón. A veces el libro sabe a una literatura latinoamericana ya consagrada y consabida (aunque no peca de lo mismo que En el lejero, que parecía un homenaje en sueños a Rulfo). Del olfato, el escritor está sano: su narrativa, a pesar de ser tan fina, habría seguido sin tener muchos lectores si él no le hubiera metido a guerrilleros, tropa y paracos. Con esto y con lo otro, bien por Los ejércitos.

 

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