Por: Marcela Lleras

Vuelco total

LOS INDÍGENAS AMAZÓNICOS DEL Perú, después de varios días de un paro convocado porque el Gobierno, sin previa consulta, aprobó dos decretos que favorecían la inversión extranjera y la explotación de los recursos naturales en sus tierras, se sublevaron ante el maltrato. Infortunadamente entró la Fuerza Pública a hostigarlos y, como consecuencia, vinieron los enfrentamientos trágicos de junio pasado que dejaron veinticuatro policías y diez indígenas muertos.

Así sucede en los países donde se considera a los indígenas ciudadanos de segunda, donde los ignoran, donde pasan por encima de ellos sin consultarles las decisiones que tienen injerencia en sus territorios y en sus vidas. Antes de que al país se le olvide del todo, quiero recordar a los indígenas del sur de Colombia, que el año pasado se rebelaron por la desatención premeditada del Gobierno, y hubo brotes de violencia y muertos. El Estado dijo descaradamente que se estaban matando entre ellos. CNN mostró en su noticiero que era la Fuerza Pública la que estaba disparando. Después hubo una Minga que marchó pacíficamente hasta Bogotá para hablar con el presidente Uribe y pedirle reivindicaciones tan sencillas como su derecho a las tierras y su derecho a existir. Uribe prometió hablar con ellos y no lo hizo.

Alan García también los ignoró, dijo mentiras al respecto y pasó lo que pasó: la situación puso a tambalear al gobierno. Dice Alan García después de este lamentable suceso: “Reconozco que no se conversó con los jefes de las comunidades nativas”. En seguida le tocó derogar los decretos; la desaprobación popular, que ya era del 30%, llegó al 21. Es un golpe duro para el gobierno de García, pero merecido.

En Perú sí hubo repercusiones. Aquí importa muy poco lo que está pasando con los indígenas. Siguen atropellándolos, siguen matando a sus líderes. Siguen en la mitad del conflicto armado. Esa política de indiferencia lesiva contra los indígenas debe modificarse de fondo. Lo que hizo el gobierno peruano fue obligar a los indígenas a recurrir a actos desesperados para hacerse notar y reclamar sus derechos. Y salieron ganando, con un apoyo significativo del país.

En Colombia hay que evitar que se derrame más sangre. Es claro que el Gobierno considera ciudadanos de segunda a los indígenas, pero no sólo a ellos, también a los desplazados —parte de ellos indígenas—, a las víctimas de la guerra, principalmente a las del Estado, y los vapulea como se le da la gana. Los ciudadanos deberíamos ejercer presión para que se promueva el diálogo y se dicten políticas justas y concertadas. Eso no va a suceder en este Gobierno enredado en sus propias marañas y vicios. Hay que buscar en las urnas un vuelco total, es decir, buscar un gobierno de conciliación, que no incorpore como políticas de Estado la persecución criminal a sus opositores, el racismo contra los indígenas, la negativa a hacer acuerdos humanitarios para liberar a los secuestrados, la guerra y las mentiras.

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