Por: Oscar Guardiola-Rivera

A vuelo de pájaro

Una hora antes de entrar al escenario del Hay Festival en Gales sucedió algo hermoso. Un pequeño pájaro de alas azules, cuello rojo, pecho amarillo y cola larga entró en el Cuarto Verde.

El pajarillo voló en círculos sobre las cabezas enormes de los escritores, académicos y periodistas del país sin que estos lo notasen. Tras comprender su error, salió volando por la puerta.

“Es una golondrina”, me dije. No sé nada de pájaros. Jonathan Franzen, un apasionado, las había descrito meses atrás al relatarme uno de sus viajes de observación de pájaros en Colombia. Decidí que se trataba de una golondrina.

O quizás fue el haber releído una y otra vez el capítulo inicial de The shape of the pocket, un fascinante ensayo escrito por el inglés John Berger.

Berger afirma que nos movemos por la vida moderna a la velocidad del cine. Veinticinco cuadros por segundo. Pero hay momentos en los cuales, como si se tratase de una promesa hecha al pasado, podemos ver entre los cuadros. Fue eso lo que ocurrió en Gales.

La parte de lo visible que vio la golondrina no era para mí. Fue un encuentro intempestivo, una promesa, un regalo. Por un momento, la golondrina me regaló el poder ver entre los cuadros.

Cortázar había notado ya que los animales perciben mejor tanto el orden humano como los demás órdenes visuales. Cuenta en La vuelta al día en ochenta mundos que su gato, el felizmente llamado T. W. Adorno, solía quedarse inmóvil y rígido mirando fijamente un punto del aire en el que para el escritor argentino no había nada. “Cualquier señora inglesa hubiera dicho que el gato estaba mirando un fantasma matinal”, dice.

Claro, los gatos están acostumbrados a esconderse tras y caer del lado de las cosas. À fonds perdu, como dicen los franceses y el filósofo alemán. Como los jaguares del Amazonas, y los niños. Todos ellos son expertos descubridores de los intersticios entre diferentes órdenes de lo visible.

Los colombianos hemos atravesado uno de esos momentos liminales. Una elección existencial. En adelante veremos las cosas de manera diferente.

No como el ángel de Klee cuya mirada está fija en un pasado de odio y ruinas elevándose hasta el cielo. Como si se tratase de un salvamento, los que hemos sobrevivido a la guerra y el odio caminaremos entre las ruinas para salvar lo mejor de entre ellas e iniciar la reconstrucción.

Sería un error si Santos o Uribe continuasen creyendo que la elección era entre ellos. No lo era. Los colombianos nos hemos elegido a nosotros mismos. Hemos decidido atravesar el intersticio que separa la paz de la guerra, enviar una promesa al pasado como una botella al mar, y hemos optado en contra del odio de clase en favor de la lucha por un mundo sin clases. Así ello parezca a algunos tan quimérico como una golondrina amarilla, azul y roja volando en círculos por un cuarto verde.

 

*Óscar Guardiola Rivera

 

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