Por: Pascual Gaviria
Rabo de ají

Vuelta de suplicios

El 21 de septiembre de 1980 Alfonso Flórez llegó vestido de amarillo a París como ganador del Tour de l’Avenir. La camiseta del campeón escondía las penurias de esos 14 días de batallas desconocidas e inesperadas. Los colombianos tomaron la partida con sus camisas de lana y sus competidores los miraban como una pintoresca bandada tricolor. Matt Rendell, autor del libro Reyes de las montañas, un relato de todas las etapas de nuestro ciclismo, cuenta que la figura de los colombianos hizo que se pasara de la gran expectativa a “la conmiseración y la piedad”. ¿Quiénes eran esos diminutos corredores que comían piedras azucaradas durante la carrera? En la primera etapa, una crono por equipos, Rogelio Arango llegó tarde a la línea de salida y el Tour comenzó cinco minutos tarde para los colombianos.

A diferencia del fútbol que se ensaña en recordarnos dolorosas derrotas y marcar las desgracias en la memoria, el ciclismo parece solo vivir de las glorias y borrar los infortunios. Recordamos más los brazos en alto que los codos raspados por el pavimento, los ataques que los desfallecimientos, los podios que los escándalos. Pero luego de casi 40 años de ese primer lance han corrido dolores en las carreteras y los hoteles.

El salto a la mayoría de edad en 1983 con la llegada al Tour de Francia, de la mano de Pilas Varta y sus $60 millones para la Gran Aventura, tuvo más llanto que honra. Viajaron 35 periodistas colombianos a seguir a diez ciclistas y antes de llegar los Alpes solo quedaban cinco escarabajos en carrera. El día de la partida varios de ellos fueron multados con 70 francos por orinar entre las matas. “No entendíamos nada y todo nos daba susto”, dijo Patrocinio Jiménez pasadas dos décadas del primer tormento. Ni a la llegada en los Campos Elíseos hubo tranquilidad, Patro se cayó y debió resignarse con el 17° puesto a más de 27 minutos del campeón, Laurent Fignon, un francés que, según el mismo Patrocinio, les decía a los periodistas que los colombianos eran una raza inferior.

Mientras los mejores colombianos peleaban un lugar en Europa, la mafia tenía un puesto muy bien ganado en los equipos nacionales: Joyerías Felipe, Bicicletas Osito (el equipo de Roberto Escobar), Perfumería Yaneth y Punto Sport Catalina eran importantes patrocinadores con capos por fuera de las carreteras. El Chalo Marín y Alfonso Flórez terminaron asesinados en Medellín a comienzos de los 90. El ciclismo mostraba sus primeros lunares negros. En esos mismos años oscuros, Herrera y Parra cerraban sus carreras con caídas y retiros en la Vuelta a España y el Tour, respectivamente. Café de Colombia había cerrado de equipo unos años antes. La primera década de gloria terminó lánguida.

La generación que siguió cumplió hazañas parecidas. Álvaro Mejía fue cuarto en un Tour y Oliverio Rincón ganó etapas en las tres grandes. Pero algo deja claro que las cosas no eran fáciles: los dos abandonaron el ciclismo antes de cumplir 30 años. Luego, a finales del siglo XX, en épocas del Kelme, Víctor Hugo Peña contaría cómo los colombianos eran timados en la firma de los contratos, usados de conejillos para el doping o parados para que ganaran los europeos, tal como le pasó a Pacho Rodríguez en la Vuelta del 85 para que ganara Perico Delgado.

La historia de Cacaíto Rodríguez, ganador en Val Thorens en 1994, la cima donde Egan llegó de amarillo y selló su título, deja claros los largos suplicios en Europa. Corría con el humilde Selle Italia, el mismo que sacó a Egan del ciclomontañismo, y esa victoria le marcó su futuro: “Los siguientes seis años los pasé de enero a octubre solo en un hotel”.

Debajo de la amarilla de Egan hay una larga historia de tormentos.

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2019-07-30T15:09:49-05:00

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