Vuelta de tuerca

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Cada vez disponemos de mayores comodidades; de máscaras y maquillajes de excelente calidad para jugar el juego ilusorio de la felicidad; de teléfonos inteligentes que nos venden la cercanía con el otro (o la otra) que muy en el fondo odiamos, porque en verdad (aunque lo ocultemos) los demás allá nos asquean. Esa es la tragedia del siglo XXI, y es que  ¿Cómo se entiende que antes del virus nuestra atención estuviera centrada en el celular y no el rostro de quien me habla? ¿Cómo se entiende ese alud de memes, videos, caricaturas que representan con sarcasmo y humor a esa nueva familia hipercomunicada pero incapaz de oírse entre sí? Pues aquí está. Aquí está de cuerpo presente (será mejor decir, ausente)  en su más exquisita manifestación: la vilipendiada pero (repito) añorada incomunicación, el aislamiento en todo su esplendor. He aquí la escenificación del “Listo, listo, Ok., Ok., llámame, hablamos después”.

Es este el tiempo del símbolo fallido pero eficiente. El tiempo en que veníamos intentando tumbar leyes infames y salvar de la muerte a cientos de líderes sociales, pero óigase bien, todas esas campañas desde Twitter, Facebook, Instagram y demás medios que, cómo no, se encargan también de propagar pulcrísimos bulos de la infamia que nuestro asustado “yo” recibe con pánico y replica hasta transformarlo  en hechos verdaderos.

Veníamos en el más reciente tiempo de una suerte de resurrección de la protesta social encabezada por los jóvenes universitarios a la que se sumaron los médicos, los campesinos, las mujeres, los desempleados, los maestros, los ingenieros, los desplazados, los venezolanos que huyen de la muerte a cuentagotas, los líderes…en fin, más de la mitad de colombianos infestados por el virus de la corrupción y de la violencia. Entonces llegó el virus que ratificó con desmesura la hipocresía como componente genético del colombiano.

Ratificó con más muerte nuestro deseo de no querer saber del otro que está en problemas y desnudó el subrepticio sueño de ayudar, pero simbólicamente. El virus ha dado también una vuelta de tuerca para ese cuarto poder llamado medios de comunicación que defendía lo indefendible y vandalizaba la protesta social: ahí está, señores de la radio y la prensa escrita cómo se gesta nuevamente la maldad como política oficial.

Se asiste, ante la llegada del virus a la conjunción de dolor y sufrimiento. La “hermana muerte” como decía San Francisco de Asís, ataca con dolor y alevosía y simultáneamente se sufre el desamparo. Porque un asunto es padecer un dolor que recibe paliativos y que se puede evitar, aliviar o superar; y otra, padecer ese dolor a la intemperie (sin la posibilidad de quedarse en casa, porque la casa no existe ni metafórica, ni literalmente), sin seguridad médica, abandonado. Es un giro inesperado (o tal vez anunciado) a la historia de la tragedia gestada por las políticas neoliberales y corruptas. Y no hay campaña mediática que la oculte.

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