Por: Francisco Gutiérrez Sanín

Vulnerabilidades

La tormentosa presidencia de Trump no ha dejado de producir su escándalo semanal. Algunas buenas almas se tranquilizan con la conclusión de que esto ilustra “la fortaleza de la democracia americana”. Cada nuevo episodio sería evidencia de que los anticuerpos aún están ahí, listos para la acción. Mi impresión es que ese optimismo es al menos unilateral. Con todo el desorden mental atribuible a Trump, él y su equipo han identificado con gran claridad una serie de vulnerabilidades de su variedad de democracia, algunas de las cuales son compartidas por todas ellas.

La lista es larga, así que me concentro hoy en los factores institucionales, con la esperanza de tener algún momento en el futuro cercano para referirme a los políticos y sociales. Entre los primeros —los institucionales— destaco dos dimensiones claves: la ambigüedad esencial de todos los contratos, y la complejidad del balance entre liberalismo y democracia.

No hay contrato perfecto, y obtener la información necesaria para especificar cualquiera de sus aspectos cruciales puede resultar prohibitivamente costoso. Esto es algo que nos han mostrado desde distintos puntos de vista varios premios Nobel de Economía recientes (Stiglitz y Williamson, entre otros). La democracia, que es un contrato particularmente complicado entre muchas partes, se apoya masivamente no sólo en leyes, sino en convenciones más bien vagas: los gobernantes democráticos no llevan a cabo las acciones X o Y, simplemente porque eso no es lo que se hace. En el lunfardo cotidiano de los Estados Unidos: “porque eso no es presidencial”. Este comportamiento convencional es tan esencial para el funcionamiento de la política democrática como el respeto a las reglas escritas. Muchas de esas convenciones, además, son relativamente esotéricas, y su defensa reside básicamente en el personal político. Si este, por autointerés o ideología o una combinación de ambos, acepta que ellas sean violadas, se abre una brecha difícilmente reversible para la política democrática. Trump ha aprovechado esta circunstancia de manera sistemática, como el boxeador que se esmera en golpear la ceja abierta de su adversario.

Pero, institucionalmente, lo que hoy en día llamamos democracia también es un balance delicado entre el componente propiamente democrático —la expresión no coartada de las preferencias de distintos sectores de la población— y el liberal —los pesos y contrapesos, el equilibrio de poderes, la independencia del aparato judicial, el control del Ejecutivo—. Este delicado balance vive en permanente peligro de caer sea en el exceso de democracia, sea en una hipertrofia liberal. Trump es hijo de esta segunda apuesta. De hecho, debe a ella su presidencia. El enrevesado sistema electoral estadounidense, programáticamente diseñado para atemperar las pasiones populares, impidió que la ganadora en el voto popular, Clinton, fuera ungida. Una observación a propósito de esto. Con un cierto etnocentrismo invertido, muy nuestro, se ha acusado aquí a Trump de ser como “un dictadorzuelo latinoamericano”. En algún sentido, esto es cierto. Pero en otro la operación de Trump es exactamente la inversa de los populistas latinoamericanos. Estos minan al liberalismo para atizar toda forma de pasiones. Trump, claro, está haciendo muchas cosas al tiempo, pero la dirección fundamental de su actividad es la siguiente: usar el liberalismo para golpear a la democracia en general y a ciertos avances democráticos en particular.

Esto está asociado a largas tradiciones cultivadas por el Partido Republicano y por algunos de sus multimillonarios, que han financiado con entusiasmo el programa de reducir impuestos a los más ricos, desmontar el Estado administrativo reduciéndolo a su expresión armada, y transformar a la política en un ejercicio de resentimiento localista. Programa que, a su vez, tiene un cierto pedigrí intelectual (hay un libro muy debatible pero muy interesante sobre la materia: Democracy in Chains, de Nancy MacLean).

Hasta aquí, he escrito una suerte de “hágalo usted mismo” de la desestabilización institucional de la democracia. Pero entender estas dinámicas también debería servir para defenderla.

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