Por: Carlos Granés

Wuilly Arteaga y el regreso del arte político

Es una de las imágenes que quedará de las protestas callejeras contra la dictadura de Nicolás Maduro: un joven todo huesos y desesperación tocando su violín en medio de las nubes de gas lacrimógeno y la brutalidad de la Guardia Nacional Bolivariana. Su nombre ya resulta familiar. Wuilly Arteaga se ha convertido en un símbolo de la desigual disputa entre jóvenes con poco futuro y mucha hambre, y las tanquetas y rifles que apuntalan con fuerza y sangre la dictadura chavista. El pelotazo de goma que le desfiguró el rostro hace un par de semanas no lo detuvo. Arteaga siguió enfrentándose con música a la represión, hasta que el jueves 27 de julio fue detenido. Al día de hoy, mientras escribo este artículo, no ha recuperado la libertad, y sospecho que Maduro intentará torcer la ley para mantenerlo alejado de las calles.

¿La razón? Porque este muchacho frágil y decidido demuestra que quien está en primera línea de las protestas no es la oligarquía sino los jóvenes humildes. Pero también, y por encima de eso, porque Arteaga encarna la disidencia cultural que desafía el destino dictatorial del chavismo, dejando en evidencia a todos los figurones culturales que pusieron su talento al servicio de un régimen que ha terminado por matar a sus jóvenes en las calles. Al verlo indefenso, solo con su violín, ante batallones de guardias, no puedo dejar de pensar en el Living Theatre viajando a Brasil a luchar contra la dictadura militar con sus obras de teatro, y lo comparo con las Pussy Riot desafiando el autoritarismo de Putin, y con Erdem Gunduz resistiéndose a la islamización de Turquía de pie frente al retrato de Atatürk, y con Ángel Delgado, Tania Bruguera o el Sexto denunciando el totalitarismo y abriendo espacios para la libertad de expresión en la triste dictadura castrista. Como todos ellos, Wuilly Arteaga ejemplifica la resistencia espiritual frente a un régimen dispuesto a las peores ignominias con tal de mantenerse en el poder.

Hay, además, otro elemento que se ha hecho evidente en las acciones del violinista. Durante la primera mitad del siglo XX, debido a las grandes revoluciones, al surgimiento del fascismo y al contagio mundial del comunismo, el arte abdicó de la autonomía que había ganado con la modernidad y se fundió con la política. Arte y activismo se hicieron indiferenciables, y el vanguardista lo fue tanto en el campo de la política revolucionaria como en el de las innovaciones o exabruptos estéticos. Eso cambió en los años 60, cuando las expresiones más radicales entraron al museo y ganaron posiciones en el mercado. Hasta el arte conceptual y la performance se hicieron mercancía, y su destino fue el campo de la economía y del turismo cultural.

Eso no significa que dejara de abordarse la política en las obras. Hoy, más que nunca, se hace arte político. Pero es un arte inocuo porque se enmarca fuera de las luchas ideológicas y dentro de las disputas por conquistar mercados. Esta es la ecuación que ha invertido Wuilly Arteaga. Tocando música clásica, nada partidaria, ha vuelto a unir la cultura con la lucha por la libertad política. Su imagen le recordará al mundo que en Venezuela, tras casi dos décadas de utopía fallida, el arte tuvo que bajar de nuevo a la calle a dar la penúltima batalla contra la opresión y la tiranía.

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