Por: Francisco Gutiérrez Sanín

¿Y ahora?

EL CUENTO PARECÍA COMO DE PELÍcula, una oportunidad imposible de no aprovechar. Un dictador de gafas oscuras, Gadafi, que ha cometido actos tan espantosos como la voladura de un avión civil lleno de pasajeros, además árabe, además dueño de una jerga revolucionaria,...

EL CUENTO PARECÍA COMO DE PELÍcula, una oportunidad imposible de no aprovechar. Un dictador de gafas oscuras, Gadafi, que ha cometido actos tan espantosos como la voladura de un avión civil lleno de pasajeros, además árabe, además dueño de una jerga revolucionaria, y como si no fuera suficiente autor de un pontifical Libro Verde que ha promocionado en todo el mundo como el non plus ultra de la sabiduría (este último dato bórrenlo: el sólo haber cometido el panfletico es crimen suficiente) tiene que presenciar cómo de pronto se rebela su pueblo. Gentes sencillas y esencialmente buenas. En la jerga de la llamada comunidad internacional, “los locales”. Los locales enfurecidos salen a las calles, se deciden a protestar, se arman. Y esperan el apoyo de los Buenos, es decir, de la susodicha comunidad, que ya desesperaba del comportamiento de los locales en Libia, en el mundo árabe, en el mundo entero... El apoyo llega pronto, en la forma de bombardeos, el método de ablandamiento que ya se ha ido banalizando para los consumidores de información global. Lo dicho: una oportunidad de esas no se podía desperdiciar.

Pero pronto el cuento de hadas se va deshaciendo como nuestras laderas ablandadas por la lluvia. Hace agua por todos los lados. Primero, los locales no son tan sencillos y tan amables como se les creía al principio, y tienen, como todo el mundo, sus historias, su historia. Segundo, y principal, están divididos, muy mal organizados, y sin el manto protector de los Buenos no tienen la menor oportunidad de sobrevivir; con él apenas se mantienen. Pero no es claro que vayan a ganar tan pronto como se pensaba. Gadafi, que tiene miles de defectos y otros tantos crímenes a las espaldas, al menos no es un blando. Y, tan vergonzoso como suene pero en todo caso un tercer factor importante, tiene a sus propios locales, que lo ven con entusiasmo (o que por lo menos lo prefieren al otro bando). Persiste por tanto. Y aquí entra el cuarto factor. ¿Está la comunidad internacional preparada para un enfrentamiento prolongado? ¿Dónde está la plata? Cierto que en algunos países se pueden obtener réditos políticos invadiendo. Réditos grandes. Pero también a costa de riesgos proporcionales. Las gentes se entusiasman con las invasiones, pero básicamente si tienen éxito. Si fracasan, ya no tanto. El chovinista de hoy fácilmente se vuelve un alternativo mañana. Desesperados como Sarkozy pueden jugársela toda en la ruleta del intervencionismo, pero sólo porque tienen la espalda contra la pared. Para no hablar ya de los italianos, que por tener a Libia en las narices se encuentran en una situación sui géneris. Por más que detesten al viejo Gadafi, los políticos italianos preferirían vérselas con un conocido dictador laico que con un renovador islamista. Al experimentado y mañoso carcamal por lo menos ya lo tienen medido. Con el factor adicional del miedo a las migraciones masivas. Al calor de los primeros fragores del conflicto libio la derecha italiana entra en colapso, grita, amenaza, se divide (la izquierda y el centro también: es Italia).

¿Y  Obama? Obama vacila. Ahora entra en su segunda campaña presidencial. No ha olvidado, no podría, que uno de sus grandes ases en la primera fue la oposición a una invasión fallida, que comenzó como un aparente paseo militar. Una guerra corta sería tan buena, la oportunidad es tan apetecible... ¿Pero será corta? Gadafi y sus locales, mientras tanto, siguen ametrallando a esos otros locales que no lo quieren.

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Francisco Gutiérrez Sanín

Unas preguntas

¡Que devuelvan la plata!

Desmemorias

El mundo de ayer

Morir por partida triple, ¿o peor?