Por: Francisco Gutiérrez Sanín

¿Y ahora?

Derrotado el uribismo —una condición necesaria pero no suficiente para arribar a un país vivible—, se abren muchas puertas, pero también muchos interrogantes. Aquí van algunos (por razones de espacio, el listado es necesariamente incompleto). El primero es cómo puede una democracia turbulenta como la nuestra asimilar a una gran fuerza extremista que rápidamente se orienta hacia la desestabilización del sistema político. Uribe, que se reservó la carta de no aceptar el resultado del pasado domingo, ahora parece querer concentrarse en tratar de deslegitimarlo y en hacer “invivible la República”. Estén seguros de esto: no parará, ni se civilizará como por ensalmo. La implicación simple es que en el futuro previsible una tarea fundamental de las fuerzas democráticas en Colombia será aislar a los extremistas, atraer a los moderados que pueda tener el uribismo, asimilar algunas de sus propuestas razonables, y a la vez combatir con dureza su práctica consistente del “todo vale”.

El segundo es qué hacer con la reconfiguración del espectro político que produjo la segunda vuelta. Este es un país rarísimo, en el que la derecha perdió las elecciones y la izquierda decidió quién ganaba, y al día siguiente la primera presentó con gran entusiasmo un programa de gobierno y la segunda anunció con no menor enjundia que pasaba a la oposición. Yo ya hace rato renuncié a tratar de entender esas cosas. ¿Por qué gotea un grifo? No hay respuesta sistemática. Pero con todo y nuestras especificidades, es claro que hay un nuevo y complicado mapa político, y que la izquierda representó en las pasadas elecciones, no el voto mayoritario del santismo, pero sí uno decisivo. Hay dos momentos cruciales. Durante buena parte de la campaña parecía que Santos ganaría ampliamente. Pero el presidente se hundió en las encuestas cuando un malestar agrario en principio tramitable por vías institucionales se le salió de las manos al Gobierno. Y reflotó cuando encontró aliados a su izquierda, ya a la hora nona. Santos y su equipo parecen ser conscientes de ello. Pero, entonces, ¿qué hacer ahora? No creo que nadie, en ningún lugar del espectro político, sepa muy bien qué sigue, y es obvio que no existe un libreto predeterminado. Pero sólo si nuestros liderazgos son capaces de entender lo crucial del momento que estamos viviendo y de sacar las consecuencias adecuadas de los abruptos cambios de comportamiento electoral que acabamos de presenciar (primera derrota de los uribistas en las presidenciales, primera vez que la izquierda pone presidente, novedosa distribución de las preferencias en el territorio, etc.), podrán construir una coalición sostenible que saque adelante el proceso de paz.

Y esto me lleva al tercer y último (en esta lista recortada) interrogante: la paz. Las mayorías pacifistas de este país ganaron las elecciones. No adoptaron frente a ella la actitud de melancólica dejadez que en ciertos círculos es moda (creo que fue LENC quien dijo que a los intelectuales colombianos se nos olvidaba con alarmante frecuencia que la melancolía no es una profesión sino un estado de ánimo). Pero no están muy enteradas de en qué consiste. ¿Cómo superar esta brecha? Aquí parecerían urgentes tres tareas. Primero, tener un gabinete capaz de adelantar la política propaz. Segundo, mejor comunicación, y con nuevos canales —ya que el proceso ha entrado a una nueva etapa—. Y tercero, comunicación y pedagogía dentro del Estado. Esta última actividad es fundamental, y quisiera enfatizar en su importancia en la misma medida en que generalmente pasa desapercibida.

Termino cambiando de tercio. Dice la prensa que el director de la DIAN está a punto de abandonar su cargo por amenazas. Sería un triunfo inaudito de las mafias y de los grandes evasores. Un funcionario como Ortega vale su peso en oro. No lo dejen ir.

 

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