¿Y ahora qué?

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¿Qué es esto? ¿El fin del mundo? No. El retorno del uribismo al poder. Con sus secuelas inevitables. Los colombianos lo hemos vivido —y aprendido— a lo largo de estos años. Pues, en efecto, en el 2022 —es decir, mañana— se cumplen 20 años de hegemonía uribista en el país.

Me explico. El caudillo llegó a la Presidencia en 2002. En 2006 cambió las reglas de juego para hacerse reelegir. Lo logró: estaba en el clímax de su popularidad. En 2010 intentó repetir la operación, pero sin éxito. Hubo una crisis de sucesión. Uribe terminó escogiendo a su ministro de defensa Santos, después de un proceso accidentado, puntuado por contratiempos que afectaron a otros posibles favoritos.

Santos, pues, fue elegido con votos uribistas. Muchos ya han olvidado que, si bien intentó una suerte de perestroika criolla, buscó desesperadamente mantener la aprobación de su mentor. No quiero ser injusto con Santos, varias de cuyas realizaciones son notables, pero este es un hecho que está más allá de toda duda razonable. Como también vale la pena recordar que la agresiva cantinela de Uribe llevó a muchísimos a creer en su momento que era simplemente “un loquito” que saldría sin remedio de la corriente principal del sistema político. Como fuere, solamente después de un proceso de paz en marcha y de una campaña de odio brutal contra él por parte del Centro Democrático, Santos se destetó y presentó su candidatura con un perfil propio para 2014. Perdió en primera vuelta contra uno de los peores candidatos de todos los tiempos, Óscar Iván Zuluaga. Santos pasó raspando en la segunda, gracias a que ciertos sectores de izquierda comprendieron que era necesario votar por él. Sin embargo, volvió a ser derrotado en el plebiscito propaz de 2016 (pese a que se habían cambiado las reglas de juego para que esto no sucediera). En 2018, Uribe regresó al poder “en cuerpo ajeno”, venciendo esta vez a Petro.

En su autobiografía, No hay causas perdidas —que bien vale una lectura atenta—, Uribe se vanagloriaba de no haber perdido nunca una elección a la que se hubiera candidatizado. El libro fue publicado en 2012, si no me equivoco. La afirmación sigue siendo cierta hoy.

Casi 20 años, pues, de una hegemonía abrumadora. Pero aquí entra el dato clave: en 2019, el uribismo entró en un declive notorio en todos los terrenos. Al Centro Democrático le fue muy mal en las elecciones regionales. La favorabilidad de Duque está por debajo del 30 % y —mucho más importante— la de Uribe también. Esto último es inédito. Al caudillo lo abuchean y le cobran sus a menudo violentas y extravagantes declaraciones. El uribismo también perdió la calle. Para no hablar ya de que sus múltiples escándalos pueden pasarle cuentas de cobro enormes.

Hay, pues, una probabilidad real de pasar la página. De intentar y experimentar algo mejor. Nunca fueron tan buenas las condiciones para que esto sucediera. Pero en política la debilidad es un concepto relativo. Sus efectos sólo se materializan si se pueden construir y desarrollar alternativas reales y creíbles. No necesariamente el tiempo opera contra Uribe. No se puede descartar que una combinación de factores lo vuelva a fortalecer.

La pregunta, entonces, es si otras fuerzas políticas tienen la capacidad y la visión suficientes como para aprovechar la oportunidad de pasar la página manchadísima de esta hegemonía. Como ilustran el Perú de Fujimori y la Venezuela de Chávez, la construcción de alternativas viables nunca aparece de manera automática. ¿Escarmentaremos en cabeza ajena?

 

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