Por: Óscar Sevillano

¿Y ahora quién podrá defendernos?

Lo particular de los hechos de violencia política que se han presentado en los últimos meses no es que ocurran en un país como el nuestro. A fin de cuentas, Colombia ha sido un país en donde históricamente se ha asesinado a líderes sociales y políticos, sin que se ejecuten acciones que permitan detener el problema. Lo realmente particular es que se presenten estos hechos en medio de un mandato de quienes prometieron salvarnos de una supuesta hecatombe.

A lo largo del período electoral de 2018 no hubo una sola acción directa contra votantes o autoridades por cuenta de los grupos al margen de la ley. Por primera vez en casi cinco décadas, el derecho al voto se pudo ejercer en el 100% del territorio nacional. Sin embargo, como van las cosas, en estas elecciones será muy difícil que esa misma tranquilidad vivida en el año anterior, mientras se acudía a las urnas, se repita una vez más.

En ese entonces quien gobernaba mientras se daba la jornada electoral era Juan Manuel Santos, de quien se supone el Centro Democrático nos iba a salvar. Hoy quien gobierna es el Centro Democrático y me da la impresión de que la situación de orden público se le está saliendo de las manos; lo peor es que, por las declaraciones de algunos de sus funcionarios, no parece existir solución que detenga la violencia política, que en esta ocasión se presenta sobre la vida de cualquier candidato que, sin importar su partido político, represente una amenaza a cualquier interés de algún agente ilegal.

En días anteriores el general Nicacio Martínez reconoció que falta coordinación en la seguridad de los aspirantes, y en el pasado debate de control político citado por el Senado de la República para tratar el tema de violencia política, el director de la Unidad Nacional de Protección aseguró no contar con suficientes esquemas de protección para cuidar a los candidatos amenazados en todo el territorio nacional.

¿Era de esta situación de la que el Centro Democrático iba a salvar a Colombia? ¿No se supone que íbamos por mal camino? ¿Para qué, entonces, tanta intriga y tanta cizaña? Es cierto que Colombia no era el país de las maravillas al finalizar el gobierno Santos, pero tampoco era lo que tenemos hoy.

Ya es hora de que el presidente Iván Duque demuestre tener el control del barco, y para empezar, aunque no quiera, debe viajar al departamento del Cauca y apersonarse de la situación de orden público que amenaza la vida no solo de algunos candidatos a elección popular, sino además de miles de habitantes de este territorio.

Además de lo anterior, también debe desplazar su mirada a departamentos como Nariño, Arauca, Chocó, Guajira, Putumayo, lo mismo que a la región del Catatumbo y a todas las zonas que presentan situación de orden público delicado y que amenaza el normal desarrollo del tiempo electoral que vive nuestro país.

En cuanto al tema de seguridad de los candidatos, al director de la Unidad Nacional de Protección le corresponde evaluar cuáles son los esquemas que por el momento resultan innecesarios y me refiero a los de los “ex” (excongresistas, exministros, exalcaldes, exgobernadores, exdiputados), lo mismo que los de sus esposas e hijos.

Es cierto que en Colombia existe una nueva amenaza, esta vez por cuenta de la mezcla de las disidencias de las Farc con el Clan del Golfo, el Eln y el narcotráfico puro, pero también es cierto que la persona que está al frente del país se llama Iván Duque Márquez y es a él a quien le corresponde demostrar manejo total de la situación. No puede ser que nuestro país esté condenado a retornar a una situación de orden público inmanejable, parecida a la de los años 80 y 90, justo cuando estamos en manos de quienes se supone tenían la fórmula mágica para que Colombia no se perdiera, porque se supone que todo iba mal.

Pues bien, hoy todo parece estar peor, y lo único que nos queda es gritar: “¿Y ahora quién podrá defendernos?”.

Cambiando de tema, me va a perdonar el señor Juan Guaidó, pero uno no se encuentra con narcos y paras por casualidades de la vida caminando por una trocha, en una zona dominada por la ilegalidad.

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