Por: Pedro Viveros

¿Y ahora quién será el deportista del año?

Pertenezco a la generación que aquel 28 de octubre de 1972 recibió con asombro de niño la victoria de quien para mí ha sido el más grande deportista de todos los tiempos de nuestro país: Antonio Cervantes “Kid Pambelé”. Esa noche “el Kid” noqueó en Ciudad de Panamá en el décimo asalto al panameño Alfonso “Pepermint” Frazer. Era la primera vez que sonaba el himno de nuestra nación en un evento de talla mundial. Para este columnista, “Pambelé” nos enseñó a conocer el sabor de la victoria fuera de nuestra tierra, por eso siempre admiro las luchas de este palenquero en lo deportivo y en lo personal. Ser campeón en el ring y en la vida tiene duros “asaltos”.

Desde aquella hazaña, el deporte se nos convirtió en la tarjeta de presentación ante los extranjeros, porque nos ayudó a mitigar la “media docena de violencias”, azote de nuestra evolución como pueblo. Desde 1970, cuando el país conocía el accionar de grupos guerrilleros como las antiguas Farc, el M-19, el Eln y comenzaba a florecer la hoja de marihuana y de coca como motor delincuencial, nuestro remanso siempre fueron los guerreros del deporte. 

La cara siempre inflamada de Rocky Valdés por los duros golpes luego de enfrentar a Carlos Monzón o a “Mantequilla” Nápoles, puños que lo llevaron a obtener el título mundial de los pesos medianos en 1974, se convirtió en nuestro segundo héroe. Las gambetas de Willington Ortiz y los sabios “túneles” del “maestrico” Jairo Arboleda nos dieron un subcampeonato de la Copa América de fútbol en 1975, bálsamo para el cerco subversivo desde esa época extendido por la patria. Siempre hubo un Lucho Herrera o un Fabio Parra que nos ayudó a soportar los embates de esa máquina de muerte que fue Pablo Escobar. El deporte no escapó a las manos calientes de la mafia, eso es una verdad verdadera. En la guerra lo primero que se busca es apoderarse de lo más popular y hasta allá llegaron los tentáculos de los narcos. Criticable e injustificable. ¿Pero en ese mar de sangre que fue Colombia, cómo hacía un ciudadano para diferenciar entre un deportista bueno y uno malo? La justicia era nuestra herramienta. Y para no dejar dudas fue el Estado el ganador de esa guerra.

En materia olímpica fue el barranquillero Helmut Bellingrodt en Munich 1972 quien nos enorgulleció con una medalla de plata en tiro, la primera en 40 años de participación en los juegos orbitales. María Isabel Urrutía nos dio en Sidney 2000 la primera de oro. Le abrió el camino a Mariana Pajón, Óscar Figueroa, Catherine Ibarguen y muchos otros atletas que rompen records y ganan preseas por el mundo. Este proceso deportivo tiene en su palmarés la ayuda permanente de unos abnegados padres de familia, de entidades estatales, pero sin duda el protagonismo principal es de la empresa privada. Sin ella no habríamos llegado a vivir estos triunfos.

Luego de la victoria de "Pambelé" hace 47 años,  en la actualidad tenemos la satisfacción de ver por primera vez, en el mismo año, a colombianos ganadores de pruebas deportivas del más alto nivel. Tres ejemplos de ello son  Robert Farah y Sebastián Cabal, ganadores del Wimbledon por parejas masculino, el boxeador de peso completo nacido en Buenaventura, Óscar Rivas, a punto de ser coronado campeón mundial luego de que su rival el británico Dillian Whyte fuera encontrado dopado en una pelea que el colombiano ganó limpiamente y, por supuesto, la camiseta amarilla de Egan Bernal en el Tour de Francia. No hay otra razón, nos acostumbramos ganar. 

¡Los colombianos tenemos que comernos el cuento! Hemos demostrado que somos protagonistas y podemos ganar en cualquier escenario en materia deportiva o académica. Por algo  tenemos dos premios Nobel. No quisiera estar en los zapatos de los miembros del jurado del premio deportista del año que organiza el diario El Espectador. Difícil tarea escoger el mejor de 2019. Les deseo suerte, tienen material humano de sobra en esta oportunidad. 

@pedroviverost

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