Por: Hernán Peláez Restrepo

Y así fue

El Atlético Nacional ganó el título en El Campín el día que marcó diferencia de tres goles sobre La Equidad, porque realmente el último juego del torneo le resultó discreto en fútbol, sin claridad ofensiva, sin salida clara de Camilo Zúñiga y menos de Estiven Vélez. Y como al volante José Amaya siempre le acomodan tarjeta amarilla, esta vez a los cinco minutos, y después roja, fue evidente que su volumen de juego dependía solamente de Aldo Leao Ramírez y el entusiasmo de Sergio Galván Rey buscando su gol 200.

Me pareció que Nacional se apoltronó en esa ventaja amplia y dejó que Equidad hiciera una presentación decorosa, animada, exenta de claridad ante el arquero David Ospina. Al menos el equipo bogotano no resultó un hazmerreír, como bien podían suponer los hinchas verdolagas, que daban por descontada una goleada, considerando lo visto en El Campín.

De paso, vuelvo a insistir en lo mucho que pesa la ausencia de Víctor Hugo Aristizábal, especialista en crear espacios, con su movilidad y olfato, para sus compañeros. Ni siquiera Fernando Martel, el chileno que luce empujando al equipo, estuvo claro. No fue el partido esperado. No hubo angustia, ni dramatismo. Fue un choque entre un pasivo Nacional y un entusiasta visitante.

Claro que todo lo anterior habla escasamente del juego. Porque lo importante era ganar el título y Nacional lo ganó, con valores destacados a lo largo del campeonato como el arquero David Ospina, que se le tira a todo, remate cercano o lejano, quizás por su misma juventud. También Iván Hurtado, Humberto Mendoza, Aldo Leao Ramírez y Sergio Galván fueron soportes del título. No tanto en estas dos finales, sino a lo largo de la campaña.

Capítulo aparte merece el técnico Óscar Héctor Quintabani, especialista en esta clase de torneos cortos, pues consiguió hasta hoy tres títulos: dos con Nacional y uno con Pasto. Algo debe saber y es probable que en las horas de festejo recuerde a su maestro: Ricardo De León, quien a su paso por el Tolima dejó enseñanzas que, con ciertos retoques, le dan a Quintabani la capacidad ganadora.

Los errores arbitrales no se vieron en estos dos definitivos partidos. Ocurrieron en días anteriores, advirtiendo que no fueron culpa de los jugadores nacionalistas, sino de quienes designaron a unos jueces con bastantes limitaciones.

En 1954 fue don Fernando Paternóster el estratega padre de la primera estrella. Después, César López Fretes, Osvaldo Juan Zubeldía, Francisco Maturana (pero de la Copa Libertadores 1989), Hernán Darío Gómez, Juan José Peláez, Luis Fernando Suárez y Santiago Escobar, hasta llegar a este presente. La ventaja en goles y sicológica alcanzó para darle a Nacional su décima estrella. Era de esperarse y así fue.

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Hernán Peláez Restrepo

Falta juego

Merecido

Nunca es Tarde

Allez la France

Pelota parada