Por: Aura Lucía Mera

…Y Cali se partió en dos

SE DESENROSCABAN EMPEZANDO a gatear los años sesenta en Cali.

Una ciudad atravesada por un río que enamoraba poetas, despertaba la sensualidad de propios y viajeros con esa brisa llegada del cañón del Dagua todas las tardes con olor a mar, las aceras de los barrios tradicionales olían a camias y las iglesias tañían sus campanas invitando a las misas dominicales. Los colegios eran para niños o niñas. Las macetas llegaban en julio para deleite de todos los ahijados. Los centros comerciales no acechaban el horizonte. Las mujeres eran sumisas y los hombres machistas y, pasados los cuarenta, barrigones y sedentarios. Nada hacia prever el tsunami.

Al comienzo eran tertulias sobre arte, libros, cine. Un grupo de quijotes unidos soñaron con la cultura. Con la cultura universal. Dejar viajar la mente hacia otras dimensiones. Se reunían en una centenaria casona del barrio El Peñón, residuo de la Colonia, con sus paredes de adobe y sus techos de teja grande. Entre otros estaban Alfonso Bonilla Aragón, Hernando Tejada, Peter Eggen, Jean Bartlesman, Martha Hoyos, Maritza Uribe. Las olas inquietas elevaron su nivel y fueron bañando de inquietudes a los habitantes del entorno ganadero. Cali, en su momento, cruce de caminos, fue creciendo en cruce de cultura. Maritza Uribe de Urdinola tomó el timón del navío ávido de cruzar otros mares y Cali así dividió su historia en dos. Antes y después.

Maritza, acompañada de sus quijotes y fieles escuderos, se lanzó con una inteligencia desbordante y el valor que da el convencimiento de la meta, a luchar contra molinos de viento, mentes pacatas, tradiciones obsoletas y herencias pueblerinas con sabor a caña y cagajón, y Cali se convirtió en la Capital Cultural de Colombia. La vieja casona de adobe en el Museo de Arte Contemporáneo La Tertulia, y sus contertulios en renombrados artistas de la talla de María Theresa Negreiros, Lucy Tejada, Pedro Alcántara Herrán, Bartlesman, Ómar Rayo, entre otros. Se iniciaron las Bienales de Artes Plásticas. Los Nadaístas se tomaron la ciudad como sede y refugio de sus propuestas contestatarias. Pintores europeos, norteamericanos y latinos engalanaron las paredes con sus exposiciones. Nació el MatriarCali. Las mujeres dejaron las ollas de aluminio y se dedicaron a pensar. A escribir. A retar. A pintar. Muchos de sus maridos las siguieron y apoyaron. Otros se quedaron asentados en la sagrada orden del bramadero. Pero Cali cambió. Maritza, como una fragata victoriosa, supo mantener el ritmo, el mando y el tono de los logros culturales .

Maritza Uribe nos acaba de dejar. Hasta el final erguida. Imponente. Elegante. Sabia y tierna. Ahora reposa bajo el árbol frondoso de su hacienda amada junto a su compañero de vida. Sus hijos somos todos los vallecaucanos. Todos estamos huérfanos de esta mujer bandera. Todos lloramos su partida, pero todos seguiremos su ejemplo y tenemos grabada en el alma la misión. Rescatar a Cali de nuevo. Devolverle el puesto que perdió. Una mujer que cultivó sus sueños hasta lograr verlos realidad. Una mujer que no sólo cambió el curso del río, convirtiendo “el charco del burro” en el Museo La Tertulia, sino que partió la historia de la ciudad en dos.

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