Por: Luis Eduardo Garzón

Y de política, ¿qué?

LA AUTOCRÍTICA ES UNA ACTITUD permanente de quien hace del discurso de la revolución una razón de vida. Y las Farc brillan por negarse a asumirla. La declaración del Secretariado del pasado viernes así lo confirma. Asumen el comportamiento del que siempre va en contravía de las realidades.

En 1993, cuando el propio Fidel Castro señalaba que la acción armada para acceder al poder estaba clausurada, ellas decidieron que la única forma de lucha era la militar. En ese mismo año diseñaron lo que se denominó plan estratégico, priorizando el socialismo como objetivo, cuando todavía estábamos aspirando el polvillo que nos dejó la demolición del Muro de Berlín. Y cuando todos exigíamos una Constitución que reflejara los derechos económicos, sociales y políticos de los colombianos, decidieron declarar traidor a quien fue su promotor principal, el M-19.

“Estamos cumpliendo, Jacobo Arenas”, rezaban las pancartas que se veían por doquier en las zonas despejadas de El Caguán, refiriéndose al ideólogo del plan con que se pretendía la toma del poder en el 2001. Incluía esta partitura 80 frentes de guerra, cuarenta mirando Bogotá, lo que terminó siendo un absoluto fracaso. Cuando más habían avanzado en el reconocimiento de beligerancia, lo patearon en el 2002 con el secuestro del avión que trasladaba al senador Géchem, creando con ello las condiciones para retroceder los dos pilares de esa política: territorio y negociación. Y para presionar el estatus de ejército, utilizaron el secuestro de civiles para canjearlos por detenidos, lo que se constituyó en el mayor búmeran de su historia.  Esa táctica ha sido su principal deslegitimador. 

Ahora, lo ganado internacionalmente lo acaban de dilapidar. Un Chávez, que cambió los minutos de silencio por arengas para desmovilizar a quienes pretendían protestar contra el presidente Uribe. Un Correa que cada día tiene que inventarse hechos de impacto para mantener su gobernabilidad. Un Fidel Castro que está más radical que José Obdulio frente al secuestro, y unos franceses y suizos que reniegan de sus propios emisarios. Y lo paradójico es que en el campo nacional a la única persona que puede liderar con autoridad y fuerza un acuerdo humanitario, las Farc deciden declararla prófuga. Me refiero, claro está, a Íngrid Betancourt.

El único golpe exitoso que han logrado es debilitar la oposición. Cada día se hace más difícil ejercerla, no sólo por falta de garantías, sino porque el accionar guerrillero termina dándole todos los insumos a Uribe. Quienes no compartimos la reelección, quienes defendemos las decisiones de la justicia, quienes queremos poner en evidencia la hecatombe económica y social que se avecina, quienes reivindicamos que esto termine en negociación política y quienes buscamos humanizar la guerra, entre otros temas, somos eventuales cómplices de las Farc. Más cuando éstas promueven su movimiento clandestino, logrando que les “lloroseen” los ojos de la felicidad a quienes disfrutan con las nostalgias del anticomunismo de la Guerra Fría. Supongo que al Secretariado de las Farc eso no les importa, pues para ellos en Colombia la oposición se ejerce exclusivamente desde su mirada militar. Al fin y al cabo agudizar las llamadas contradicciones le sirve a su objetivo estratégico. ¿Y dónde queda la autocrítica de sus fracasos? ¿Por qué se persiste en la toma del poder por la vía armada y no por la vía de la negociación? ¿Por qué no se renuncia de una vez por todas a la práctica del secuestro, regresándolos a todos a sus hogares? ¿Por qué se insiste en un plan que se hizo en condiciones que le auguraban poco éxito, pero que después de las torres gemelas es mucho menos viable?

Por sus últimas declaraciones veo que van por la misma. Mientras tanto marcharé el próximo domingo rogando a una de esas tantas vírgenes que presiden los actos de este gobierno, para que no nos acabe de llevar el p… 

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