Y dele con la homosexualidad…

SEGÚN UN ESTUDIO DE CIENTÍFIcos suecos (National Academy of Sciences) el cerebro de los homosexuales guarda similitudes con el de las personas del sexo opuesto, o sea que el de un gay se parece al de una mujer y el de una lesbiana, al de un hombre.

Fundamentan esa afirmación en tomografías de emisión positrónica (PET) y sostienen que también la glándula amígdala ubicada en los lóbulos temporales del cerebro, que controla las secreciones hormonales del sistema endocrino (miedo, paz, alegría, llanto, risa etc.) tiene esa particularidad. No sé qué será un PET ni tengo conocimientos de neurobiología, pero a primera vista parecería que los científicos de Estocolmo entran a definir la diferencia sexual como un accidente genético o enfermedad congénita.

Lo que preocupa es la atención y el presupuesto que se invierte en los países desarrollados para determinar por qué una persona se siente atraída hacia los de su mismo sexo, cuando la humanidad sufre de tantas enfermedades terribles de las que no conocemos sino que matan. Asistimos a diario a la muerte por hambre de miles que suman millones porque no tienen un puñado de arroz que llevarse a la boca. Vemos cómo masacran etnias y poblados enteros en todos los continentes. En fin, el mundo tiene tantos problemas reales que requieren investigación, inversión y solución para mejorar la vida del ser humano y liberarlo de sus penurias, que resulta ridículo que se llenen páginas y se gasten fortunas para conocer porqué las personas se enamoran de los de su mismo sexo.

La opción diferente en sexualidad no es una novedad del siglo ni tiene algo que ver con la calidad de ser o de vida de las personas. Pregunto, ¿un hijo es peor hijo porque es gay? ¿Una madre es peor madre porque es lesbiana? ¿Un ejecutivo es menos capaz porque tiene novio en vez de novia, y viceversa? No lo creo. La opción sexual pertenece al más intimo ámbito de la vida privada de cada quien y no debería, como en efecto pasa, ser tenido en cuenta a la hora de aceptar, calificar o juzgar la capacidad de una persona. Pero siguen estudiando la homosexualidad como enfermedad, como rareza, como anomia sociológica, cuando no hay nada que corregir, porque no hay enfermedad y es simplemente una opción.

En cambio, la homofobia, sí que es enfermedad, porque cuando exacerbada y suelta, en demasiados casos lleva a quienes la sufren a desarrollar comportamientos muy peligrosos para los otros, hasta el punto de convertirlos en asesinos de homosexuales, en plan de limpieza social. En Colombia, la comunidad organizada del arco iris: gays, lesbianas, transexuales y travestistas, ha sido blanco de horrendos crímenes y, que se sepa, no se aplican grandes correctivos ni se conocen muchas sentencias. Viene sucediendo desde hace mucho tiempo y la agresión proviene, en especial, de las filas de los grupos armados irregulares y de muchas tribus urbanas que los imitan en tan deleznable tarea. A esos sí que deben estudiarlos y aplicarles tratamiento gratuito con cargo al Estado, para que estemos seguros de que lo reciben. Ese es un problema real que enfrentar y corregir, porque perturba la vida en comunidad y viola los derechos fundamentales de las personas.

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