Por: Mario Morales

Y esa marcha ¿para qué?

Esa era la pregunta, ora ingenua, ora malintencionada, de quienes miraban boquiabiertos en la tele o en la calle esa palpitante movilización de ayer.

Las explicaciones podrían abarcar los pensamientos de los centenares de miles de marchantes que se quedaron sin garganta para tener voz en la marcha; y los de quienes se quedaron en sus casas y oficinas a la espera de que la gente no saliera.

Esa movilización era clave para bajar de las pancartas y de las consignas una verdad de a puño: Que la paz no tiene dueño, si los dueños somos todos.

Clave también para llenar de realidad ese imaginario de una sociedad sin guerra, con pasos y rostros humanos, con calles abarrotadas, banderas, palmeras, cánticos.

Clave para meterle pueblo a una idea y a un proceso, si meterle pueblo significa distribuir responsabilidades para afinar el argumento y trabajar por él todos los días. La fe con obras. El verdadero sentido de creer…

Clave para generar memoria e historia. De aquí en adelante, cada vez que se hable del proceso habrá que citar a la gente de este 9 de abril. El 9-04.

Clave como punto de partida para socializar de veras los diálogos. Interacción. Movilizaciones que no lleven a la participación, son insulsas y se marchitan pronto.

Clave para menguar las ambigüedades, como lo dijo Lucho Garzón en esa autocrítica solapada.

Clave para extender y entender el proceso que tiene epicentro en La Habana a las calles, hogares y conversas ciudadanas.

Ojalá el presidente Santos y la guerrilla lo hayan entendido tan bien como dicen las redes sociales que lo entendieron los colombianos en España: A partir de ayer la paz no es un clamor, es “un mandato popular”.

Solía ser la mejor encuesta de éxito político colmar la Plaza de Bolívar de Bogotá. Ayer se llenó. Prometedor inicio. Hay que volver a encontrarse en la calle, en los foros y luego en las urnas. Vamos en camino.

 

 

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