Y jodimos a Cuba

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Los cubanos jamás se imaginaron la dimensión del lío en el que se iban a meter por ayudar a Colombia. Por ese gran pecado, el de prestarnos su territorio para negociar el fin del conflicto, ahora quedaron incluidos en la lista de las naciones que patrocinan el terrorismo.

Resulta imposible entender el trato que el gobierno de Iván Duque le está dando a una nación que ha contribuido tanto a que se logre el silencio de los fusiles en nuestro país. Los cubanos no están metidos en este problema porque lo hayan buscado. Todo lo contrario. Lo único que hicieron fue acceder a la petición de Juan Manuel Santos y aceptaron ser la sede de los diálogos entre el Estado colombiano y la guerrilla del Eln.

Así las cosas, antes de sentarse a la mesa, las dos partes acordaron los protocolos de rompimiento. En ese documento, que era un requisito fundamental para empezar a negociar, los adversarios dejaron por escrito, con la firma de los países garantes, cuáles serían los mecanismos a poner en marcha en caso de que el proceso saliera mal. En un acto de barbarie inexplicable, el Eln puso una bomba en la Escuela de Policía General Santander, asesinó a 22 cadetes y acabó con cualquier posibilidad de paz.

Hasta los más notorios contradictores del presidente Duque lo acompañaron en su decisión de pararse de la mesa. Era lo que había que hacer en ese momento. Lo que nadie ha logrado entender es lo que vino después. Iván Duque y su equipo, desconociendo por completo las normas del derecho internacional, le pidieron a Cuba que violara los protocolos que se había comprometido a hacer respetar.

Como Cuba se mantuvo firme en su posición de país garante, tal y como le correspondía, Colombia emprendió la venganza; se abstuvo por primera vez en la historia, en la Asamblea de la ONU, en la votación anual que se hace para condenar el bloqueo de EE. UU. contra la isla, y puso todo su aparato diplomático a hacer lobby para que los estadounidenses incluyeran a Cuba en la lista de las naciones que patrocinan el terrorismo. Hasta que lo logró.

Seguramente en Palacio hoy celebran esta decisión de EE. UU. como un gran triunfo de su fallida política exterior. Pero yo, francamente, no veo qué es lo que hay que celebrar. Con filtraciones a medios de comunicación, en la Casa de Nariño empiezan a ambientar en la opinión el rompimiento de relaciones con Cuba.

Quieren hacer ver al embajador como si fuera un agente conspirador que está dedicado a imponer gobernantes de izquierda radical en toda América Latina. Están creando un escándalo que no existe y que se cae por su propio peso. Todo es un espectáculo lamentable. Muy probablemente, todo lo han hecho para obedecer a Trump y a sus amigos, los congresistas republicanos de origen cubano. Y no se han dado cuenta de que a partir de mañana Trump ya no va más y que lo que era bien visto por él será mal visto por Biden.

Queda de todo esto una sensación muy triste. Los cubanos terminaron jodidos por creer en la seriedad del Estado colombiano. Y aquí lo que preocupa no son solo las inmensas repercusiones que la decisión de Trump va a tener para la isla, sino que para acabar con los conflictos que nos quedan vamos a tener que volver a sentarnos a negociar, y eso, sin Cuba, sin duda va a ser muy difícil.

@federicogomezla

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