Por: Piedad Bonnett

Y la luz se hizo

En uno de esos mensajes masivos que envían por WhatsApp leo este texto:

“La Filosofía es como estar en un cuarto oscuro buscando un gato negro.

La Metafísica es como estar en un cuarto oscuro buscando un gato negro que no está ahí.

La Teología es como estar en un cuarto oscuro buscando un gato negro que no está ahí y además gritar: «Lo encontré», para convencer a los demás.

La Ciencia es encender la luz para ver qué demonios hay en el cuarto”.

Nos hace sonreír no sólo lo que hay en él de caricaturesco, sino también el trasfondo de verdad que encierra. Sin ir más lejos, Jorge Luis Borges, provocador como era, afirmó socarronamente que “la metafísica es una rama de la literatura fantástica”. Y que conste que la admiraba profundamente y la usó como materia prima de sus relatos. La filosofía y la ciencia, que en el texto parecen tan lejanas, nacen, sin embargo, del mismo lugar: de la curiosidad, del asombro, y de la necesidad de inquirir sobre lo desconocido.

En todas estas cosas pensé cuando me enteré de que el Premio Nobel de Medicina le fue otorgado este año a tres estadounidenses que descubrieron “las bases genéticas” y “las funciones moleculares” que controlan el ritmo biológico o los ciclos circadianos. Un paso más dentro de un proceso que tuvo un momento anterior muy importante hace más de dos siglos, cuando un astrónomo francés, Jean de Mairan, tuvo la idea de encerrar en un armario una planta heliotrópica —de las que llamamos adormideras— y confirmó que seguía cerrando sus hojas aunque no estuviera bajo la influencia del día o la noche, y propuso que sus ritmos podían ser producto de causas endógenas.

La confirmación de que hay un reloj biológico que pone al ser humano en consonancia con el resto de las fuerzas vivas del universo —con el sol, la noche, los animales, las plantas— me recuerda que hay otra relación que la gente no suele hacer, pero que no es infrecuente: entre ciencia y poesía. Hay mucho de poético en la naturaleza, en su movimiento cíclico, en su ritmo, en el misterio de lo que nace y lo que declina, en la belleza de la sincronía universal que nos hace parte de un todo. En su aparente perfección, que a muchos remite, precisamente, a ese cuarto oscuro que es la Teología y a otros, a la idea de una inmensa y admirable maquinaria sin finalidad conocida.

Pero a veces, cuando la ciencia enciende la luz, la poesía desaparece. O se hace prosaica. Los científicos nos muestran esta vez que detrás del ciclo circadiano hay cosas tan tangibles como hormonas, cortisol, melatonina… Y algo no tan bello: la falla esporádica del mecanismo, que se traduce en disfunción cognitiva y del sueño, en depresión, bipolaridad, diabetes tipo 2. Es decir, en enfermedad. La perfección se rompe. Y entonces la luz ilumina la “divina indiferencia” de la naturaleza de que habla Montale.

 

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