Por: Mario Fernando Prado
Sirirí

Y no se dieron cuenta…

En el caso del Chocó, las autoridades ambientales son ciegas o francamente son cómplices: cuando uno ve lo que se ha venido cometiendo contra el río Atrato con la explotación de la minería ilegal, sin que haya existido una acción fuerte del Estado, no puede deducirse cosa distinta.

Algo similar comentábamos la pasada semana en torno a los cultivos de coca en Tumaco, que se veían aumentar desde los aires sin que tampoco se hiciera nada, y la conclusión es la misma: o las tales autoridades ambientales estaban ciegas o fueron cómplices y por lo tanto deben responder por su comportamiento.

No sólo lo del Atrato es bochornoso. Es el Chocó entero, un departamento totalmente olvidado que va a la deriva en medio de un caos de corrupción, violencia y desgobierno, para no mencionar la situación infrahumana en que a duras penas sobreviven sus pobladores.

Considerado una de las reservas ambientales más importantes del mundo, su estado actual y lo que se viene es vergonzoso y deplorable. Más parece un recodo de la más extrema miseria del África que un departamento de un país que se jacta de proteger el medioambiente y destina miles de millones anualmente para vitrinear en el extranjero escondiendo la realidad de lo que allí sucede.

Las comunidades indígenas y la raza negra que habitan el Chocó están entre los fuegos cruzados de la guerrilla y el narcotráfico, y la escasa, por no decir nula, presencia del Estado, que es incapaz de asumir la responsabilidad que le corresponde.

Masacres, aguas envenenadas por el mercurio que se utiliza para sacar el oro, carencia de los más elementales servicios, deforestación devastadora, ley del silencio, miseria por doquier es el escenario del departamento menos tenido en cuenta y más robado de nuestra Colombia.

Y lo peor es que no se avizoran acciones contundentes a las eternas denuncias y unos “miaos de gato” con que se pretende calmar las súplicas del hambre y la sed. Mucho titular, muchas promesas, muchas fotos acariciando negritos y de nuevo, y como siempre, el Chocó pasa a segundo plano. Mientras tanto, crece la ilegalidad ante los ojos o la ceguera de quienes cohonestan con los malhechores a quienes protegen.

¡Qué triste realidad!

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Mario Fernando Prado

Tercera terna para Buenaventura

Se la montaron a Ubeimar

La militarización de Buenaventura

Peleas de compadres

¿Más de lo mismo?