Por: Mauricio Botero Caicedo

Y picaron el anzuelo…

CON SOSPECHOSA PREMURA —Y SEguramente con más codicia que criterio— los empresarios argentinos picaron el anzuelo que hábilmente les tendió el chafarote venezolano, Hugo Chávez Frías.

El primer envión del anzuelo envenenado consiste en otorgarle a Argentina un cupo de 10.000 vehículos que había acordado comprarle a Colombia. Para el ministro de Comercio de Venezuela, Eduardo Samán, “mientras que el comercio con Colombia nos está haciendo daño… Argentina está en la capacidad de sustituir todo lo que produce Colombia…”. A su vez, el ministro de Agricultura y Tierras, Elías Jaua, les aseguró a los argentinos que Venezuela busca sustituir en el país austral las importaciones colombianas de carne de res, leche, huevos fértiles y pollitos.

Antes de lanzarse a saborear las mieles emponzoñadas del comercio bilateral con Venezuela, los ejecutivos de las empresas australes les deberían explicar a sus directivos y a sus accionistas una que otra incómoda verdad, verdades que muchos empresarios colombianos ni quisieron, ni han querido reconocer. La primera verdad es que el mercado venezolano no se rige ni por reglas de juego previamente acordadas, ni mucho menos por factores económicos: el mercado venezolano hoy en día se rige exclusivamente por los vaivenes irracionales de un loco llamado Hugo Chávez Frías. Este demente abre y cierra las fronteras a su libre albedrío, sin respetar convenios o acuerdos comerciales vigentes, ni mucho menos al consumidor. Para la psiquiatra venezolana María Cristina Ortega: “La naturaleza agresiva y confrontadora de Chávez resulta en explosiones emocionales. La carencia de capacidad reflexiva y de contención de las pasiones primitivas son características que resultan inadecuadas y nefastas para cualquier conductor de destinos humanos. Resulta evidente el uso del engaño, la mentira y la insinceridad, aunado a la ausencia de remordimiento o vergüenza; así como la sorprendente capacidad de manipulación del coronel…”.

La segunda verdad —que los empresarios argentinos deben tener en cuenta— es que para los pagos de las importaciones Venezuela tiene en funcionamiento uno de los mecanismos más politizados y corruptos del mundo. La Comisión de Cambio Diferencial, Cadivi, es la entidad que maneja a su total discreción a quién se le entregan divisas para pagarles a los proveedores del extranjero. Hoy en día (previo el pago de una comisión a un intermediario usualmente asociado con el gobierno bolivariano) se puede acceder de manera inmediata a las divisas de Cadivi. Como es más que evidente, este acceso a las divisas tiene un costo importante, que va desde el 15 al 30 por ciento de la factura. Todo exportador a Venezuela debe calcular este soborno e incluirlo en el precio final de la factura.

Si los empresarios argentinos creen que agarraron el mundo con las manos, les espera un rudo despertar. Nada más peligroso que poner a sus empresas exportadoras en manos de un psicópata que hoy abraza a los Kirchner, pero mañana no tendrá ninguna inconveniente en repudiar —si no se pliega a sus deseos— al sucesor de la pareja de los “pingüinos”.

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Apostilla 1: Metiendo baza donde no le corresponde, el presidente del Polo, Jaime Dussán, afirma que gracias a su gestión, Chávez está dispuesto a restablecer las relaciones comerciales con Colombia. No alcanzo a imaginarme el costo para los exportadores y para el país de esta siniestra alianza.

Apostilla 2: Tailandia deja en libertad a uno de los principales traficantes de armas del mundo, Viktor Bout, con la peregrina tesis de que ese país no reconoce a las Farc como grupo terrorista. Colombia debe catalogar a Tailandia como país que apoya al terrorismo; y solicitarles simultáneamente a los Estados Unidos y a la Unión Europea que hagan lo mismo.

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