Por: Lorenzo Madrigal

¿Y qué dirán ellos?

De una vez salgamos de la duda: me refiero a los dialogantes de La Habana, concretamente a aquellos que se desempeñan como anfitriones en Cuba; más amigos de la facilitadora Venezuela, y más de Fidel y de Raúl, de Ortega y de Maduro y hasta de Roy Chaderton, que no falta, que de los dignatarios de su propio país, de hecho su contraparte.

A ellos me refiero. Bueno sería preguntarles qué opinión tienen acerca de las pretensiones de Nicolás Maduro, el dictador venezolano, sobre las zonas marinas que corresponden a las costas colombianas, en el borde norte del Golfo de Coquivacoa, por los vecinos llamado, con mucho sentido de pertenencia, Golfo de Venezuela.

La pregunta viene a cuento porque quedó en la memoria el comunicado que los jefes guerrilleros hicieron llegar al presidente de Nicaragua, Daniel Ortega, con motivo del fallo de la CIJ de La Haya, cuando desvertebrando el archipiélago de San Andrés, Providencia y Santa Catalina y dejándolo como enclaves aislados, ese tribunal le adjudicó enormes extensiones del mar, antes colombianas, al país centroamericano.

La nota de los comandantes felicitaba entonces al gobernante Ortega por su triunfo contra los intereses de Colombia. No se entendió ni se entiende que si estaban luchando por este país para imponerle su criterio político, cualquiera que este fuera, incluso el del socialismo autocrático, se alegraran de su pérdida territorial.

Cabe entonces la pregunta sobre su actitud ante el reciente decreto venezolano de defensa marítima, expedido con demarcación de áreas en conflicto, asumiéndolas como propias. Valdría saber qué partido tomen en este caso los negociadores, si a favor de la Nación que les ha servido de albergue cómplice o de la propia, con la que tienen los lazos naturales de la patria.

Del gobierno Santos se espera que muestre firmeza en este caso y no solamente las débiles instancias de su Cancillería. El episodio infortunado de la corbeta Caldas (Castilletes, Guajira, 1987) hizo que el Estado venezolano ejerciera desde entonces patrullajes abusivos, todo por la debilidad mostrada cuando se hizo retroceder la nave colombiana, con proa hacia nuestras humilladas costas secas. Hay que mirarse en este espejo para darnos cuenta de cómo la debilidad ante vecinos hostiles trae consecuencias de despojo.

De fútbol sé muy poco. Debí jugarlo de niño y aún digo córner y off side. Veo con angustia los partidos en que le va algo a Colombia, los malos penaltis, las formidables tapadas. Y luego miro raro a quienes me rodean y no se han interesado por el partido; como raro me debieron ver las multitudes que gritaban a mi lado ( ¡Aletic, Aletic !) por un tal Atlético, cuando, desentendido, caminaba la Gran Vía de Madrid, en una ya muy lejana permanencia de ensueño.

 

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