Por: Cecilia Orozco Tascón

“Y quedamos todos contentos”

No sé ustedes pero yo, desde cuando tengo uso de razón política, no recuerdo a ningún presidente o expresidente de la República, como Álvaro Uribe, tan interesado en los testigos que surgen de las bandas criminales para revelarle a la justicia los delitos que personas del alto mundo habrían cometido en el lado oscuro de sus vidas. Recuerden a alias Tasmania, quien alcanzó el privilegio, en 2008, de acaparar la atención del jefe de Estado en ejercicio. ¿Testigos falsos o testigos verdaderos que han sido presentados ante la opinión como falsos para engañar a los tribunales? Esa es toda una tesis de doctorado de Derecho que habrá que hacer algún día en Colombia para develar los innumerables fraudes judiciales con que han conseguido absolución, personajes que hoy gozan de renombre basados en la historieta de los falsos testigos.

Estas cavilaciones me surgen leyendo unos trinos recientes que Uribe Vélez publicó en cuanto se supo que Carlos Enrique Areiza —testigo principal del proceso contra el muy uribista exgobernador de Antioquia Luis Alfredo Ramos— fue asesinado por dos sicarios en Bello, municipio del departamento natal de Ramos y Uribe. El exmandatario escribió al respecto: “Al momento de aterrizar en Bogotá, iré a la Fiscalía a pedir claridad sobre el asesinato del testigo Areiza quien nunca acusó a mi hermano ni a mi persona, y había rectificado en el caso Ramos”. En un segundo trino añadió: “El señor Areiza (Q.E.P.D.) nunca acusó a mi hermano ni a mi persona, había rectificado en el caso del dr. Ramos. Pero lo mataron, y ¡qué pasó con la protección que ordenó la Corte y qué pasa con la justicia!”. Bueno, diría uno, si el asesinado y supuesto falso testigo Areiza no acusó a Santiago ni Álvaro Uribe y, además, se retractó de la declaración que dio contra Luis Alfredo Ramos, ¿por qué preocuparse de un asesinato más entre los miles que soporta el país?

Debe ser porque el de este testigo no es un asesinato cualquiera: es un crimen de características políticas y judiciales de gran calibre nacional. Si residiéramos en otra parte, no habría, hoy, otro tema de discusión, pero aquí pasa como si nada. El propio Areiza sabía en qué se había metido cuando quiso colaborar con la justicia hace ya varios años: declaró que el connotado político Ramos se había reunido con varios jefes paramilitares en casa del “patrón de Bello”, Hugo Albeiro Quintero, condenado por sus múltiples delitos y conocido en la región como el principal testaferro de Vicente Castaño. El declarante empezó a ser llamado falso testigo tiempo después, cuando un entramado de abogados, entre ellos los del doctor Ramos —con o sin su conocimiento—, lo instaron a retractarse ante los jueces y ante un programa de televisión al que tuvo que darle entrevista. El apoderado de Ramos era Gustavo Moreno, exfiscal detenido por corromper el sistema judicial vendiendo sentencias de la Corte Suprema. Y su compañero suplente y de andanzas era Leonardo Pinilla.

Areiza aceptó ante un juez que había mentido, pero este primer intento fue fallido porque el operador judicial y su superior, el tribunal, encontraron extraña la presunta confesión. En un nuevo intento, un fiscal y otro juez lograron condenarlo por falso testimonio. Sin embargo, la Sala Penal de la Suprema, que está a las puertas de dictarle sentencia a Ramos, tiene serias evidencias de que Areiza mintió, no en su primera declaración, sino cuando se echó para atrás porque su “confesión” fue hecha bajo coacción. Una sola frase de la más reciente entrevista del asesinado Areiza con los investigadores de la Corte: “Leonardo Pinilla me decía: «hermano, acepte eso así y listo, no hay problema… y quedamos todos contentos y no lo molestamos más y se acaba todo»”. El mismo Areiza es mencionado en la página 205 de la decisión de la Suprema en que absuelve al senador Iván Cepeda, denunciado por Álvaro Uribe por fabricar, casualmente, testigos falsos. La Corte pide ahí, en lugar de acusar a Cepeda, expedir “copia de la actuación a efectos de que se investigue la presunta participación del doctor Álvaro Uribe Vélez en la manipulación de testigos” (pag. 216). El nombre de Areiza figura en este proceso porque Ramos alegó, en su defensa, lo mismo que Uribe: que Iván Cepeda se inventaba los testigos, tema, de nuevo, descartado en la decisión en que lo absuelve. Este señor Areiza, que advirtió a la Corte en enero de este año que “he recibido múltiples amenazas y (por eso) no tengo condiciones para hablar de nada ni para ampliar ninguna declaración…” y que “(vine a presentarme) sabiendo las consecuencias de que es mejor irse uno para una cárcel vivo que salir de acá para un cementerio”, está, justamente, en el cementerio.

 

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