Y regresaron los bárbaros

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Tanto en Washington la semana pasada y como en la Roma imperial, ambas asaltadas por “bárbaros”, es posible constatar que cuando un sistema político y de poder va acumulando tensiones y represando energías sociales, llega al punto del estallido, que generalmente anuncia o culmina un proceso de crisis. Sucedió igualmente con la toma de La Bastilla en los inicios de la Revolución Francesa y del Palacio de Invierno en San Petersburgo, evento disparador de la caída del zarismo y de la Revolución Rusa. Lo de Washington tiene sin embargo una característica propia pues su impulsor no era un forastero del poder; no eran simples ciudadanos, era el poder mismo.

En esas coyunturas históricas se presentan comportamientos sociales que surgen de las entrañas populares, con o sin la presencia o acompañamiento de agentes catalizadores externos. Son comportamientos profundamente humanos y viscerales, mezcla de rabia y miedo, como de animal herido que enfrenta un poder que, por su discurso y sus actuaciones, que es percibido como amenazante y excluyente, disminuyéndolos cuando no simplemente ignorándolos como personas. El resultado, un estado de ánimo social propicio para el florecimiento de teorías conspirativas, que suministran explicaciones fantasiosas sobre la situación alimentando la propensión tan común de creer en grupos e intereses que se mueven en las sombras – los Sabios de Sion, el castrochavismo…; lo único claro es que “el poder” está contra ellos. Esa rabia, ese miedo popular se dirige a poblaciones determinadas, señaladas como responsables de los problemas; poblaciones por lo general rodeadas de viejas desconfianzas y rechazo, como es el caso norteamericano con los negros y el espíritu del supremacismo blanco que sobrevivió a la Guerra Civil de Secesión.

En Estados Unidos “los amotinados” son una población variopinta, contradictoria si se quiere, sin presencia de minorías étnicas, de libertarios y sionistas, de opositores al matrimonio del mismo sexo tenido como una amenaza a la santísima trinidad que sostiene a la sociedad tradicional de familia, casa suburbana y empleo estable vigente hasta hace medio siglo, que se recuerda envuelta en un sentimiento de nostalgia, de pérdida; de nacionalistas económicos que sueñan con el viejo poderío de la industria manufacturera y de populistas de derecha inconformes con la derecha tradicional. Son todos violentamente antiestablecimiento, en especial contra los políticos profesionales con su epicentro en el Congreso, en la odiada Washington.

Paradójicamente, muchos ven a Putin “como un colega nacionalista” y compañero en la cruzada contra un cosmopolitismo que habría “infectado” el alma de los Demócratas, convirtiéndolos en unos elitistas desentendidos de su electorado tradicional desde los años treinta, las otrora solventes clases medias, hoy golpeadas e ignoradas para concentrar su interés y su apuesta política en las minorías étnicas, pero no en los blancos empobrecidos (Obama) o en el gran capital de Wall Street (los Clinton). Son populistas, nacionalistas y libertarios.

Trump lo vio y lo aprovechó políticamente. Engatusó a una dirección Republicana bajándole los impuestos a los superricos que desde Reagan eran amos y señores del Partido; enfrentando a una China económicamente arrasadora y percibida como una amenaza económica; y disminuyendo la injerencia y la regulación estatal, especialmente en asuntos de minería y de cambio climático. A sus bases electorales les bajó impuestos, les otorgó prebendas a las iglesias pentecostales generadoras de la ideología del elector trumpista, y les dio fundamentos de continuidad con los jueces nombrados en estos cuatro años; de la Corte Suprema para abajo.

Trump le vendió a la multitud de sus seguidores (¡solo en twitter son 80 millones en comunicación permanente!) la idea del robo de las elecciones y de la necesidad de mantenerse en el poder, para lo cual era necesaria la toma física del Congreso, guarida de antipatriotas, ladrones de dinero y de elecciones. Lo sucedido lo vimos la semana pasada en vivo y en directo. La historia aún no termina. El trumpismo y el mismo Trump están heridos, pero no vencidos.

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