Por: Olga Lucía Barona

...y rugió el león

Se acabó el ayuno, se terminaron los largos 36 años en los que el Santa Fe no saboreaba la gloria. Se acabó la angustia, los interminables días en los que los hinchas sólo sabían sufrir y sufrir.

Se acabaron los chistes, las burlas: Independiente Santa Fe volvió a ser grande. Anoche, con un estadio El Campín a reventar y rojo de pies a cabeza, pudo por fin pegarle a su escudo la tan esquiva estrella número siete.

Justo triunfo para un equipo de obreros, de luchadores, de hombres con el corazón más grande que el estadio, que en cada partido dejaron su alma en la cancha, su último aliento en cada jugada y que ayer, sin duda, le dieron a su sacrificada hinchada la alegría más grande de sus vidas. El grito que estaba guardado desde hace más de tres décadas, anoche por fin pudo salir y fue, sin duda, desde las entrañas.

Este Santa Fe edición 2012 es un ejemplo para el fútbol colombiano, desde lo directivo y, por supuesto, lo deportivo. Sin figuras rimbombantes ni inversiones millonarias, como lo hizo Atlético Nacional, el cuadro cardenal logró consolidar un equipo ofensivo, que vino de menos a más, que se hizo grande en El Campín y efectivo fuera de la casa. Consolidó sus fichas claves como Ómar Pérez y renovó su nómina con el aporte de la cantera. Y lo más importante, sin duda, fue la jugada maestra del presidente César Pastrana, quien pese a que medio país pidió la cabeza de su técnico Wilson Gutiérrez, quien al comienzo del torneo tuvo problemas de ‘empatitis’, hizo caso omiso a ese clamor y se la jugó a muerte con lo suyo. Lo respaldó como se deben respaldar los procesos y ahora recibe los frutos de una decisión que en su momento fue criticada. Y Santa Fe, de paso, le devuelve la alegría al fútbol bogotano que desde la estrella 13 de Millonarios en 1988, no celebraba un título.

Celebra amigo santafereño, lo tiene más que merecido, por fin se acabó el ayuno. Les llegó la hora de llenarse con las mieles del triunfo. Felicitaciones a todos sus seguidores y claro, al león que también esperó 37 años para rugir.

 

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