Por: Juan Carlos Gómez

¿Y si los rusos meten la mano?

Buena parte de la victoria de los aliados en la Segunda Guerra Mundial se debe a la labor de descifrado de las comunicaciones alemanas por parte de ejercito inglés en Bletchley Park. Este antecedente de guerra informática es un cuento inocente comparado con la dimensión de la ciberguerra actual entre las potencias mundiales, cuyos golpes más demoledores los habrían los organismos de inteligencia de Rusia y China.

El brexit, las elecciones presidenciales en Estados Unidos y Francia, y últimamente el refrendo catalán, han sido escenario de la intervención soterrada de entidades rusas, aparentemente apoyadas por el Kremlin. Sin duda alguna Rusia se fortalece geopolíticamente con la desestabilización que causan en occidente resultados electorales y de consulta popular interferidos por noticias falsas, para lo cual se han prestado –al menos como idiotas útiles y con jugosos ingresos- Facebook y Twitter, razón por la cual estas redes sociales están en la mira del Congreso de Estados Unidos.

En Colombia los extremos radicales de nuestro espectro político –y aún facciones más light- seguramente ya están asesoradas por gurús extranjeros con el fin de utilizar sin ningún escrúpulo todas las armas informáticas a su alcance para potencializar las mentiras con las que atacarán a sus oponentes en las elecciones del año entrante.

Aunque parezca paranoia, hay que advertir que así se abrirá un boquete inmenso para que intereses foráneos con su artillería de ciberguerra metan la mano en nuestra contienda electoral. Para agregar elementos en esta hipótesis, no hay que olvidar que finalmente el destino de Venezuela está en manos de las potencias mundiales y no les es indiferente quién y cómo gobierne en Colombia.

Bueno, y aunque no haya conspiración internacional en todo caso hay que saber si nuestras autoridades electorales cuentan con las herramientas jurídicas y tecnológicas para enfrentar la batalla de los candidatos en las redes sociales, deplorable escenario en el que se definirá en buena medida la suerte de Colombia en los próximos años.

El destino de la democracia y nuestro bienestar no puede quedar en manos de delirantes –“tuiteros”, “youtubers” y demás especies- que ni siquiera han leído un libro, pero son “formadores de opinión”. 

 

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