Y siguieron cazando ballenas…

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A mediados del siglo antepasado, la industria ballenera de Estados Unidos era uno de los sectores más pujantes de esa nación. El puerto de New Bedford, en Massachusetts, era el asentamiento —en términos per cápita— más rico de América del Norte. El declive se inició en 1857, y en menos de cinco años, New Bedford estaba sumida en una profunda crisis. Un reportaje de la BBC relata: “Pero así de rápido como ocurrió el crecimiento de la industria, el declive fue aún más agudo. A mediados del siglo XIX, varios factores redujeron la demanda de aceite de esperma. Se encontraron depósitos de petróleo en el suelo en Pensilvania. La fiebre del oro llegó desde California. Las primas de seguro para los buques se dispararon. El queroseno surgió como un sustituto barato”. Sin embargo, algunos no creyeron que era el fin del aceite de ballena, principalmente con el peregrino argumento de que si los cetáceos estaban ahí, ¿por qué no cazarlos?

En el artículo del pasado domingo argumentábamos la necesidad de que las empresas de carbón y los sindicatos tuvieran una conversación diferente. Ese mismo día El Tiempo publicó un artículo de Ricardo Ávila: “En problemas serios”, que si bien identifica buena parte de los riesgos que afrontará el carbón térmico, presagia un futuro menos negativo. Según Ávila, “ante semejante cadena de infortunios suenan voces que señalan que, en cualquier caso, la suerte de la actividad está echada. Según esa visión, el mundo está en proceso de dejar atrás los combustibles fósiles, con lo cual es cuestión de tiempo antes de que el consumo del mineral desaparezca. La realidad es otra. Si bien el carbón va a disminuir su peso dentro de la canasta de generación energética, las proyecciones señalan que dentro de un par de décadas todavía tendrá una participación del 25 % dentro de la producción de electricidad a escala global”. Es pertinente aclarar que la cifra del 25 % de la participación del carbón en el mercado que menciona el artículo de El Tiempo es asumiendo que el mundo no toma medidas adicionales respecto al gigantesco impacto de los combustibles fósiles en el calentamiento global, sector que hoy en día es responsable de cerca del 40 % de la contaminación. En el escenario de un mundo cada día más consciente de los enormes riesgos ecológicos de la inacción, el carbón en 2040 será menos del 10 % de la canasta global de generación eléctrica. Y esa demanda va a estar concentrada casi de manera exclusiva es en los países asiáticos, economías que ya de por sí producen cerca de 60 veces más carbón que Colombia. Asumir que vamos a seguir vendiendo carbón en Asia, a precios remunerativos, no es realista.

Pero al final del día no son las consideraciones ambientales las que van a decidir si el negocio del carbón térmico es viable, sino las realidades económicas. España se ha desenganchado totalmente del carbón no por orden gubernamental, sino porque ya no es rentable generar electricidad con este mineral. Seguir explotando el carbón simplemente porque tenemos reservas es tan insensato como el que algunos balleneros de New Bedford hubieran seguido cazando cetáceos porque en el mar todavía seguían nadando. Ni el Gobierno ni los contribuyentes tenemos un papel que cumplir en un sector en serios riesgos de desaparecer. No es, como se sugiere, que algunos queramos darle un entierro de tercera al carbón. Cuando están en juego 130.000 empleos directos, irresponsable es el no señalar el riesgo de la desaparición del sector y la necesidad de empezar desde ya conversaciones que contemplen esta posibilidad.

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