Por: Michelle Arévalo Zuleta
La Michelada

¿Y usted a qué vino?

Hay una fiesta de sentidos a la que ingresé sin ser anunciada, lo vi y no supe si me miró de vuelta, su cuerpo con pocas curvas era muy masculino, tenía el cuello alto, se le veía la etiqueta, provocaba agarrarlo y llevarlo conmigo, pero había tantos como él, que la indecisión se apoderó de mí. Cuando me atreví a cogerlo y salir con él del lugar, tuve que pagar un precio, pero no importó, ya tenía edad para hacerlo y algo me decía que valdría la pena y también la dicha.

Así fue la primera vez que compré una botella de vino, este siempre fue sinónimo de encuentros, de agasajos y festejos, pero a partir de esta vez el vino fue cobrando otro significado en mi vida, era más que un desinhibidor de amor en citas románticas, ya no era necesario compartirlo, cualquier día entonces se volvió bueno para disfrutar de una copa de vino.

Según AsoVinos, Bogotá agrupa el 80% del total de las ventas del vino del país, así me fuí en busca de los mejores lugares para recomendar a la hora de disfrutar  de esta seductora bebida.

Mi primer recomendado es Nueve, este restaurante ubicado en la calle 70A # 10A-18, es quizás uno de mis favoritos a la hora de pensar donde vivir la fiesta de los sentidos en pareja, Pedro Escobar, dueño y chef del sitio, es un manizaleño que vió en Bogotá la oportunidad para fundar el primer bar de vinos de Colombia, con 165 etiquetas de vino que no se suelen conseguir en supermercados, Nueve, ofrece vino por copa desde 12 mil hasta 60 mil pesos. Yo me dejé  asesorar y disfruté de un maridaje con platos únicos de este lugar, como las lumpias de pato con mango y tamalitos de pipían. Aquí no solo hice  feliz a mi paladar, sino que terminé aprendiendo y escuchando la historia de cada vino que me tomé.

A pesar de que el vino es la tercera bebida alcohólica que más se consume en el país, siempre se ha concebido como costoso y protocolario, el cual no se toma diariamente sino en ocasiones exclusivas, sin embargo llegué a un lugar donde derroté uno de los varios mitos que existen  sobre el vino. Cava Wine Bar & Shop (Carrera 6  # 67 – 63 ) es un lugar nada acartonado, acogedor y muy moderno, las pequeñas luces que adornan cada esquina del lugar lo vuelven cálido y romántico, parece sacado de  alguna de las chick flicks que amamos las mujeres, sin embargo más que para embriagar a un príncipe azul,  es ideal para ir en plan de amigos, pues  los precios son asequibles, desde 39 mil pesos pudé comprar  un  Mil Caminhos,  un vino blanco portugués que se prestó para combinar con una tabla de quesos y con una tusa mundialista que aún no superamos.

Lo más cercano que me he sentido dentro de una  bodega de vinos, es la clásica The Wine Store (calle 81 No. 10-50), hay algo de misterio para mí en este lugar, sus espacios con poca luz, son saturados de botellas que rodean las paredes de los  dos pisos, barriles en los pasillos me condujeron a la “vía láctea”, pues al final me encontré un  paraíso de quesos, que use para acompañar una botella de vino tinto. Para descrestar a mis  papilas gustativas y dejarlas sin habla, probé mezclar el sabor de  las barras de chocolate que fueron muy  bien con un Malamado, un vino malbec a la manera de oporto.  No es la primera vez que visito este lugar, mi amor por el vino me ha llevado  a tomarlo  en la  terraza de este sitio justo antes del atardecer y me ha dejado disfrutar del rosado del cielo y por supuesto  del vino. Sin duda otro factor importante de The Wine Store, son las  catas que confirman su buena reputación. Desde 30 mil pesos participé de una y al final pude redimir este dinero en las botellas que  estaba probando.

Para finalizar un largo día y cansada del tinto de olleta  me fui por un tinto de copa, esta vez a  Wine lovers (Calle 127 No 7D - 11) , un bar tipo lounge muy acogedor, tienen catas de vino todos los días, te explican todo lo que necesitas saber sobre el vino, pero lo que me gusta es lo pequeño y privado que es, no es para ir con mucha gente, y es mejor reservar antes de ir. Puede sentarse solo o disimular su soledad al compartir una pequeña sala con alguien y comentar sobre el buen sushi que aquí sirven, todo por 50 mil pesos.

La cultura del vino en nuestro país ha venido creciendo sin reserva, si bien antes era un tema de poder adquisitivo, hoy gracias a la democratización del vino, ha aumentado el consumo en los colombianos. Ofertas como las tiendas D1, con vinos desde 13 mil o la competencia de otros como el vino de 14 mil de Carulla, han abierto el panorama del consumidor  no solo para poder incrementarlo en su cotidianidad, sino para introducirlo a una cultura tan seductora y placentera que además genera beneficios que agradece la salud y los sentidos. Ciertamente factores como el sabor, olor, color, imagen y prestigio son tomados en cuenta a la hora de decidirse por un vino, estos  en realidad no juegan un papel muy determinante a la hora de comprarlo, al final no debe preocuparse por cuál es el mejor vino, pues este siempre será el que a usted más le guste, económico no es sinónimo de malo, ni costoso significa bueno, el vino es sencillo como las cosas buenas de la vida y lo único malo que tiene es el guayabo.

 

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