Ya está bien de esconder

Noticias destacadas de Opinión

Se me quedó grabada la frase de una señora que entrevisté hace unos años, cuyo marido había sido secuestrado y no había sabido más de él: “Lo peor es cuando tengo que marcar en un formulario mi estado civil, no sé cómo contestar: ¿Viuda? ¿Casada? ¿Estado civil incierto?”.

Esta incertidumbre es la condición en la que viven hoy una de cada cien familias colombianas, según cifras de Medicina Legal. Y la completísima base de datos del Centro Nacional de Memoria Histórica sobre el daño profundo del conflicto armado registra hasta 2018 a 58.935 familias (323 de éstas, secuestrados jamás devueltos) en la misma situación: sin saber qué pasó; guardándoles la ropa por si vuelven, recordando sus bromas para saberlos humanos y no espectrales, manteniéndolos vivos en la memoria de sus hijos con retratos hablados.

En los largos listados de la base de datos del Centro se lee que los ausentes son campesinos, obreros, profesores, raspachines, comerciantes, taxistas, pescadores, sacerdotes, líderes locales. También, policías, soldados, guerrilleros supuestamente caídos en combate, pero aún no hay cuerpos; no se sabe si escaparon.

Las cifras que se usan para medir esta tragedia varían, pero todas arrojan números en las decenas de miles. Entre 1998 y 2004 fue lo peor. Arrancaron de sus casas a 33.736 personas que aún hoy no se encuentran. Por la persistencia de sus familiares y de las organizaciones civiles que los han acompañado por décadas, y por las confesiones de desmovilizados en Justicia y Paz, se han encontrado pistas de casi 8.000 de ellos.

Desde 2014, hay muchos menos casos, pero eso en nada alivia a las 237 familias que en estos cuatro años denunciaron cómo perdieron a un familiar a manos violentas y aún no lo hallan. Los esperan en la puerta de la casa, pero averiguan si han de estar en tumbas NN. Viven en la ambivalencia.

Tampoco les hace gran diferencia a los despojados si sus familiares perdidos son civiles o combatientes, delincuentes o jueces, líderes comunitarios o niños reclutados a la fuerza; si son profesionales secuestrados nunca devueltos o jóvenes dejados heridos tras una masacre o soldados que nunca salieron del campo de batalla. Igual claman a las autoridades, marchan con sus fotos, indagan con amigos y extraños.

Podemos rabiar al son de los dirigentes que se aferran a sus odios, y seguir estigmatizando a los desaparecidos o a quienes los buscan. Mejor sería zafarnos de sus tretas ideológicas y usar la fuerza de nuestras voces para ayudarles a estos colombianos como nosotros, para que sus vidas no sigan en puntos suspensivos. Podemos decirles a los que sepan algo que no teman, que la Unidad de Búsqueda de Personas dadas por Desaparecidas no es una corte de justicia, sino un organismo humanitario al que pueden aportarle o pedirle información online. Podemos invitar a que la gente escudriñe en HOPE por si reconocen una foto; podemos republicar el largo listado de personas nombradas pero cuyos cadáveres no han sido reclamados. Podemos convocar a los buenos samaritanos que registraron secretamente señales de personas que vieron arrojar a fosas y mares, o bajar por los ríos o incinerar en ladrilleras abandonadas, para que las compartan con la Unidad.

Podemos exigirles a guerrilleros, oficiales de la Fuerza Pública, paramilitares, que digan a la Unidad si están al tanto de una pista y saquen a las familias de ese limbo a donde las precipitaron. Que ya está bien de esconder. Que ya todos sabemos que la guerra nos arrasó la humanidad y empujó a seres corrientes a hacer cosas abominables. Que ya es tiempo de resarcir el daño.

Comparte en redes:

 

Te contamos que estamos trabajando en nuestra plataforma tecnológica para que sea más fácil de disfrutar, por eso no podrás hacer comentarios en los artículos. Estarán activos próximamente. Gracias por tu comprensión.