Por: Santiago Montenegro

Ya estamos en posconflicto

Muchos funcionarios públicos, políticos y columnistas están hablando de la firma del acuerdo de paz y del comienzo de lo que llaman posconflicto como un momento estelar en la historia de Colombia, como un punto de quiebre, como una refundación de la patria.

Esa caracterización me parece no sólo equivocada, sino peligrosa. Y, para que nadie me malinterprete, quiero recordar que desde esta columna he apoyado el proceso de paz. Eso sí, he lamentado que no haya sido una política de Estado, pues no fue concertada con todos los grandes sectores políticos.

El llamado conflicto armado en Colombia jamás abarcó a todo el territorio, y sólo a finales de los noventa, con la crisis provocada por el proceso 8.000, el fraccionamiento de la dirigencia política, la división del Ejército y la desmilitarización de San Vicente del Caguán, las Farc alcanzaron una importante influencia territorial.

Pero jamás lograron controlar una ciudad intermedia, menos una capital de departamento, como sí lo hizo, por ejemplo, la guerrilla salvadoreña. Es verdad que, hacia el año 2002, las Farc tenían 17 frentes alrededor de Bogotá, pero es igualmente cierto que un año y medio después ya no contaban con ninguno.

Muy pronto, la guerrilla fue obligada a replegarse a las zonas periféricas, comenzaron a caer varios de sus jefes y los otros se resguardaron en los países vecinos. Si por posconflicto se debe entender mayor crecimiento económico, caída del desempleo y reducción de la pobreza, el llamado posconflicto comenzó muy pronto. Entre 2003 y 2014 se generaron más de 5 millones de empleos, la pobreza cayó de un 44% a un 30% y el PIB, que a duras penas crecía en 2002, se disparó a un 7% en 2006 y 2007, en tanto la inversión extranjera directa comenzó a venir en montos jamás vistos.

Por supuesto, hay aún zonas periféricas en las cuales la violencia continúa, muchos de los espacios que tenían los paramilitares fueron copados por las Farc y las bacrim. Allá tiene que llegar el posconflicto y el Gobierno deberá implementar políticas y proyectos con una oferta de bienes públicos, comenzando por excelente provisión de seguridad y de justicia.

Pero no debe olvidarse que muchos lugares en donde las Farc tienen aún presencia e influencia coinciden con amplias siembras de coca, son sitios muy alejados de los grandes centros urbanos y geográficamente complejos. Garantizar el monopolio de la fuerza legítima y una buena justicia en esas áreas será muy costoso y este esfuerzo demandará más, no menos recursos.

Así, es peligroso crear expectativas, especialmente en los centros urbanos donde vive la gran mayoría de los colombianos, en el sentido de que, firmada la paz, habrá ríos de miel y de prosperidad. Para crecer más rápido, generar mejores empleos, reducir sustancialmente la informalidad, mejorar la calidad de la educación y dar un salto cualitativo en la calidad de la infraestructura no tenemos que esperar a la firma del acuerdo, sino tomar decisiones que hemos aplazado durante mucho tiempo.

Si se siguen creando expectativas de que, sí, sola, la firma de la paz resolverá todos nuestros problemas, se puede generar, entonces, una gran decepción en la mayoría de la población. En forma semejante, necesitamos que se firme pronto el acuerdo de paz, precisamente para que el posconflicto llegue a todas las zonas periféricas a donde aún no ha llegado 

 

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